—Comprendo que te dé tan fuerte. Así me dio a mí; pero luego me he vuelto estoico. Aprende de mí. ¿No ves qué sereno estoy? He pasado por todas las crisis de la ira, de la rabia y de la locura...

—Porque tú no eres un hombre (interrumpiéndole).

—Es que las lecciones me han valido.

—Bueno; porque eres un santo... Yo no soy santa, ni quiero.

—¿Y por qué no habías de serlo tú también? (tomándole las manos y tratando de contener con suavidad sus movimientos de ira). ¿Por qué no habías de aspirar al estado en que yo me encuentro? A él he llegado pasando por la rabia, por la locura... Ahora mismo, no hace mucho, cuando vi a ese diablo de hombre cometiendo una nueva infamia, sentí otra vez la debilidad de espíritu que creía vencida... me entraron ganas de pegarle un tiro, por librar a la humanidad de semejante monstruo... Pero después he sabido vencerme y he dicho: Mejor castiga una consecuencia lógica que un puñal.

—¡Quiere decirse que le viste con ella y te quedaste tan fresco!—gritó la joven, furibunda, echando llamaradas de los ojos.

—No me quedé fresco... Me alboroté mucho; pero después vino la reflexión. Lo que importa, me dije, no es que él muera, sino que ella aprenda. Y tú has aprendido.

—¡Pues si yo les llego a ver...!

—Si les llegas a ver, acuérdate de mí. Hazte santa como yo... Les miras y pasas...

—Tú no eres hombre... Tú no eres nada—exclamó la joven con desprecio—. A ella, a esa bribona es a quien yo quisiera arreglar. Si la cojo, no lo cuenta. ¡Infame, arrastrada, indecente, engañarme así!