—Tú, mira bien si tienes derecho a tratarla de ese modo.
—¡Pues no he de tener! (ofuscándose por completo y sin reparar en lo que decía). Me ha quitado lo mío. Yo seré mala; pero ella lo es más, mucho más.
—Comprendo tu exaltación. Yo, que no tenía otro móvil que la justicia, cuando les vi, cuando me persuadí de que pecaban, creo que si tengo un revólver, les suelto los seis tiros por la espalda.
—Bien, bien—dijo la esposa con ferocidad—. ¿Por qué no lo hiciste? Eres un tonto... Aunque después me hubieras matado a mí también. Tienes derecho a hacerlo.
—Les vi entrar en aquella casa... Fortunata abría los ojos con espanto.
«Les esperé para verles salir. Calle tal, número tantos. Me escondí en un portal. ¡Oh!, la suerte de ellos fue que no llevaba revólver...».
—Yo te lo compraré... Hoy mismo, ahora mismo (agitándose en el lecho, cogiendo a su hijo, volviéndolo a dejar, descubriéndose el pecho, tapándoselo y sin saber qué hacer).
—¡Matar!... ¿Lección a ella? ¿Y la tuya?
—¿La mía, la mía? Ya la tengo, majadero. ¿Todavía quieres más lección? A esa traicionera sí que se la voy a dar, y gorda.
—Irás a presidio si matas.—Pues iré contenta.—¿Y tu hijito? Al oír esto, Fortunata tuvo un retroceso en su salvaje idea, y cogiendo al chiquillo, que empezaba a rezongar, se lo llevó al seno.