—¿Usted a mí?... falta que pueda. Más le valdrá a usted no permitir las indecencias que hace esta...
—Le digo a usted que si no se calla... No me puedo contener... ¡Eh!, llamar a una pareja.
La escena tomó aún peor carácter con la aparición de doña Casta, que hubo de llegar a la tienda en aquel instante, y enterada de la zaragata, subió renqueando, y entró en el teatro del dramático suceso, dando gritos. «¡Hija de mi alma!... ¡Pero qué!... ¡la han matado!... ¡Sangre!... ¡Ay, Dios mío! ¡Aurora... Aurora...! ¿Pero quién ha sido?... ¡Ah!, esa mujer...».
—Sí, yo, yo he sido—le dijo Fortunata desde el rincón donde la tenían acorralada—. Mejor cuenta le tendría a usted, so bruja, no ser tapadera de las tunanterías de su niña...
Doña Casta, acudiendo a su hija, no se hacía cargo de las flores que la otra le echaba. Aurora volvió en sí exhalando gemidos. «No es nada, tía —dijo Samaniego—. No se asuste usted... Una leve contusión, y el susto correspondiente... ¿Pero no se calla esa salvaje?... A la prevención, a la prevención...».
—Dejarla; que se vaya...—murmuró Aurora con los ojos cerrados.
—A la cárcel—gritaba ronca doña Casta.
—No, a la cárcel no—dijo la víctima, haciendo gala de generosidad...—dejarla, dejarla... Pepe, no le hagas nada.
—No; si yo no le pego... Allá se entenderá con el juez.
—No, juez no, juez no—decía la de Fenelón muy apurada—. La perdono. Dejarla; que se vaya, que se vaya pronto; que yo no la vea.