Fortunata, implacable, no se quería callar, y entre los que rodeaban a la víctima se dividieron los pareceres respecto a lo que se debía hacer con la agresora. Subió más gente, y el obrador, con tanto vocear y las pisadas de los que entraban y salían, parecía un infierno.


-vii-

La primera que llegó a la casa de la Cava, durante la ausencia de la Pitusa, fue Guillermina. Después de llamar dos veces, la voz de Encarnación le respondió al través de los agujeros de la chapa: «La señorita ha salido. Me ha dejado encerrada».

—¡Ha salido!... ¡Dios nos asista!... ¿Pero es eso verdad, o es que no quiere recibirme?

—No, señora, no está. Dijo que volvería pronto. Echó la llave con dos vueltas.

—¿Y el niño?—Sigue tan dormidito.—Esperaré un rato—dijo la santa dando un suspiro; y cansada de estar en pie, se sentó en el más alto escalón del tramo. Parecía una pobre que espera se abra la puerta para pedir limosna—¿Pero dónde habrá ido esa loca?... Lo que yo digo: a esta no la sujeta nadie. No va a poder criar a su hijo. Tiene a lo mejor algunas corazonadas felices; pero cuando menos se piensa la pega... El mejor día abandona a su niño o lo mete en la Inclusa... No, eso sí que no se lo consentimos. Si el pobrecito tiene una madre descastada, no le faltará quien mire por él.

Cuando esto pensaba, sintió subir a otra persona. Era Ballester, quien al verla, se quedó algo cortado. «¿Viene usted a esta casa?—le dijo la dama—. Pues tómelo con paciencia, que el pájaro voló. La señora esa se ha ido a la calle. Dentro están el chico y la criada; pero como se llevó la llave, no podemos entrar. Aguante usted el plantón, como yo, si no tiene prisa, que ya no puede tardar».

—¡Pero si le habíamos prohibido que saliera! (asustadísimo y disgustado). Anoche, según me dijo D. Francisco de Quevedo, estaba algo excitada. Por eso yo venía a ver... ¡Qué disparates hace!

—¡Ya lo creo que es disparate! ¿Y usted no sospecha dónde podrá estar?