Se calló porque sintieron pasos, ya muy cerca, como de una persona que subía con cautela, y miraron a la meseta intermedia, esperando a que el que subía diese la vuelta. La aparición de aquella persona les dejó a ambos muy sorprendidos. Era Maximiliano, quien al ver a doña Guillermina y a Segismundo sentados en la escalera, hizo el siguiente razonamiento: «Dos personas que esperan y que se sientan cansadas. Luego, hace tiempo que esperan, y la casa está cerrada».

Un rato estuvo inmóvil sin saber si seguir subiendo o volverse para abajo. El regente se reía y Guillermina le miraba con gracejo.

«Nada—le dijo esta—, que tiene usted que esperar también. ¿Tiene usted llave?».

—¿Llave yo?—La del campo—indicó Ballester con mal humor, discurriendo que maldita la falta que hacía Maxi allí—. Más vale que se vaya usted, amigo Rubín, y vuelva, porque esto va largo.

—Esperaré yo también—contestó el otro sentándose debajo de Ballester.

Y volvieron a oírse los desesperados gritos del Pituso, y Guillermina no disimulaba su impaciencia y zozobra. «Ya se ve, la pobre criatura tiene ganita... ¡Cuidado que levantarse antes de tiempo y plantarse en la calle...! Le digo a usted que le pegaría...».

Maximiliano callaba, no quitándole los ojos a la santa, a quien nunca había visto tan de cerca.

—Pues estamos lucidos—añadió ella—. Ya somos tres. Y esto va picando en historia. Siento pasos. Si será al fin esa veleta...

Los pasos no parecían de mujer. ¿Quién sería? Miraron los tres, y apareció José Izquierdo, quien al ver a doña Guillermina, se sobresaltó extraordinariamente y miró para abajo, como si se quisiera tirar de cabeza. Habría él dado cualquier cosa por tener dónde meterse. La santa se reía en sus barbas, y por fin le dijo: «No me tenga usted miedo, señor de Platón... ¿Por qué está usted tan asustado? No me como la gente. Si somos amigos usted y yo...».

—Señora—dijo el modelo con un gruñido—, cuando el endivido tiene necesidad, no pue ser caballero y hace cualquiera cosa.