—Sí, hombre, ya lo sé; y aquel gran timo que usted nos dio está olvidado... ¡Pues si viera usted qué guapo está el Pituso!
—¿De veras? ¡Ay!, ¡probe piojín de mis entrañas!
—Sí; se cría perfectamente. Y es tan listo y tan travieso que tiene alborotado todo el asilo.
—¡Ay!, cómo se le conoce la santísima sangre de su madre, que revolvía medio mundo. Si tenía aquel chico un talento macho... vamos que...
—Ahora está usted como quiere, Sr. de Platón, según he oído, ganando unos grandes dinerales con la pintura.
—Defendemos el santo garbanzo, señora...
—Yo me alegro por diferentes motivos, pues estando usted tan en grande no se le ocurrirá engañar a la gente.
Izquierdo se rascaba una oreja, y la habría dado porque la santa mudara de conversación.
—Si la señora quiere, no miremos pa tras.
—Si esto no es mirar pa tras... Vamos, que ahora, si usted estuviera mal de fondos, bien podría intentar otro negocio como aquel... y no con moneda falsa, sino con legítima.