«Buenas tragaderas tiene el amigo—dijo Ballester; y para sí, contemplando a la diabla, que dormía o fingía dormir—: ¡Qué hermosa está!... Le daría yo un par de besos... con la intención más pura del mundo... He aquí una mujer que hoy no vale nada moralmente, y que valdría mucho, si reventara ese maldito Santa Cruz, que la tiene sugestionada... ¡Lástima de corazón echado a los perros...!».

El chico rompió a llorar otra vez, y la madre parecía tan inquieta como él.

«Amigo Ballester... ¿sabe usted que me parece que me quedo sin leche?... Mi hijo chupa, chupa y no saca...».

—No asustarse. Es accidental. Procure usted dormir... A ver: ¿Maxi le ha dicho a usted alguna tontería?

—Tontería no... verdades...

—¡Verdades!... (rompiendo a reír). ¿Y cómo sabe usted que son verdades?

—Porque las grandes verdades las dicen los niños y los locos.

—Es un refrán sin sentido común. Los locos no dicen más que disparates.

—Es que mi marido no está loco... Tiene ahora mucho talento. Tal creo yo.

Juan Evaristo volvió a callar, pegándose al pezón con salvaje ahínco.