«Tome usted un poco de esta bebida. La he preparado como para usted... Está riquísima. Es preciso calmar los nervios».

La chica trajo un vaso con cucharilla, y Fortunata tomó la antiespasmódica.

«¡Qué bueno es usted, Segismundo! ¡Qué agradecida estoy a lo que hace por mí!».

—Todo y mucho más se lo merece usted, carambita—replicó el farmacéutico con efusión de cariño—. Hemos de ser muy amigos.

—Amigos sí, porque lo que es querer... No vuelvo yo a querer a ningún hombre, como no sea a mi marido, siempre y cuando haga lo que le mando.

—¡A su marido! (tomándolo a broma). No me parece mal. Y ahora que está hecho un santo...

—Santo, no... ¡qué simplezas dice usted!

—Santo; así como suena. De modo que será usted también santa... Pues yo seré su discípulo. Nos iremos los tres a un desierto a hacer penitencia y comer yerba.

—Cállese usted.—Usted es la que se va a callar... a ver si se duerme y se le calman los nervios. La salida de hoy no tendrá consecuencias. ¿Sabe usted lo que venía pensando?, que si encontraba mal a la buena moza, me quedaría aquí esta noche. Y al salir de casa, le dije a mi madre que quizás no volvería. Nada, que estoy decidido a cuidarla como si fuera mi cara mitad.

—No; si no es preciso que usted se moleste. Crea que me siento regular esta noche, casi bien. Anoche ¿sabe?, estaba peor.