—¡Qué graciosa estás hoy!...

—Pues qué, ¿no te ha dicho esta tonta que hemos encontrado otro Pituso?

Barbarita se echó a reír con donaire. «Pero qué, ¿os han dado otro timo?».

—Quia; ahora no. Este es auténtico... este es de ley; no tiene hoja, como el otro, por quien perdiste la chaveta.

—¡Bah!, no quiero oírte...—repuso Barbarita con humor festivo, y se separó de ellas para ir presurosa a la iglesia.

—Oye... mira—dijo Guillermina llamándola...—Cuando salgas, date una vuelta por las tiendas. Allí tienes a tu corredor, Estupiñá el Grande. Aguarda, oye; te compras una buena cuna...

La dama se reía; todas se reían.


-xi-

El dictamen de Quevedo no fue alarmante con respecto a la madre; pero al chico le dio el comadrón malas noticias, anunciándole que se quedaba sin provisiones. Por la tarde, Plácido comunicó a la señora que la mujer aquella se negaba a poner a su hijo en pechos de nodriza, aunque esta fuese bajada del Cielo; insistía en que tenía leche; el niño berreaba, dando a entender que su mamá faltaba descaradamente a la verdad... «En fin, señora—agregó Estupiñá con oficiosidad sañuda—; que a esa mujer hay que matarla. Es más mala que arrancada, y lo que ella quiere es que la criaturita perezca...».