«¿Qué está usted diciendo?—replicó Guillermina indignada—. ¡Jacinta desear que maten a nadie!... ¡O usted es tonta o ha perdido el juicio!».
—Vamos... Pues bueno, diré otra cosa (retirándose a la segunda paralela después de rechazada en la primera). ¿No se alegrará la señorita de que yo me muera?...
—¿Alegrarse... de que usted se muera... de que se la lleve Dios...? (titubeando). Tampoco... tampoco... Jacinta no desea el mal del prójimo, y sabe que debemos amar a nuestros enemigos y hacer bien a los que nos aborrecen.
Con un ju ju melancólico expresaba Fortunata su incredulidad.
«¡Ay!, ¿no lo cree?...».
—¡Que me desea bien a mí!
Tie gracia.
—Jacinta no sabe tener rencor... ni se acuerda de usted para nada...
—Pero de eso a que me mire con buenos ojos...
—Pues no faltaba más sino que la quisiera a usted como me quiere a mí... Por cierto que ha hecho la niña merecimientos para ello. Con que la perdone debe darse por satisfecha...