—¿Y me perdona de verdad?... ¿pero es de verdad?
—¿Pues qué duda tiene? Usted, como no sabe lo que es fe, ni temor de Dios, ni nada, no comprende esto.
—¿Y podría ser mi amiga?...
—Hija, tanto como amiga... Eso ya es un poco fuerte (no pudiendo contener la risa). Vamos, que no pide usted poco... Ahora quiere que después de lo que ha pasado partan un piñón...
—¡Amigas!...—repitió la diabla frunciendo las cejas—. Por más que usted diga, no me puede ver, mayormente ahora que he tenido un hijo y ella no... Y lo que es ahora, ya no lo tiene, está visto... Que no le dé vueltas.
Como Ballester se acercara a la puerta de la alcoba cuando oía reír a la santa, esta le dijo: «Entre usted si quiere divertirse, pues esto es una comedia. Su amiga de usted está por conquistar. ¡Qué ideas tiene! Por cierto que yo le voy a traer al Padre Nones. Tenemos que darle una limpia buena. En fin, me retiro, que con estas tonterías se me va la mañana».
Se levantó, y Fortunata le tiró del vestido para hacerla sentar otra vez. «Una duda me queda, señora. Sáqueme de ella».
—Veamos esa duda... otro despropósito. ¡Ay, qué cabeza!
—Siéntese usted un momento, que le voy a hacer otra pregunta. Dígame (bajando la voz), ¿Jacinta faltó o no faltó con aquel caballero?
—¡Ave María Purísima!... ¿con qué caballero?