—¿Sin qué?—Sin transferencia en toda regla.—Pamplinas. Es mío, y yo lo puedo dar a quien quiera. Coja usted la pluma, y ponga que es mi voluntad que esas acciones sean para doña Guillermina Pacheco. Le echaré muchas firmas debajo, y verá si vale.

Aunque Estupiñá no creía válida aquella manera de testar, hizo lo que se le mandaba.

—Ahora, amigo—dijo ella, perdiendo gradualmente el uso de la palabra—, coja usted a mi hijo y lléveselo... ¡ay!, déjemelo besar otra vez... Aguarde a que me muera... No; lléveselo antes de que venga mi tía, o mi marido, o doña Lupe... gente mala. Pueden venir, y ya ve usted... qué compromiso. No me dejarán hacer mi gusto, me enfadaré, y no me moriré tan santamente... como quiero morirme.

No dijo más. Plácido, acercándose a contemplarla, se asustó extraordinariamente. Creyó que estaba muerta o que le faltaba poco para morirse; mandó a Encarnación en busca de Segunda y de José Izquierdo, y cogiendo la cesta en que Juan Evaristo dormía, la puso en la sala. «No me determino a llevármelo—pensó el buen viejo—. Pero al mismo tiempo, si esos brutos se empeñan en impedirme que me lo lleve... ¡Ah!, no; yo cargo con él, y que tiren por donde quieran». Cogió la cesta, y bajándola a su casa con toda la rapidez que le permitían sus piernas no muy fuertes, azorado como ladrón o contrabandista, volvió a subir y se aproximó a la enferma, mirándola tan de cerca, que casi se tocaban cara con cara. «Fortunata... Pitusa» murmuró echando talmente la voz en el oído de la joven. A la tercera o cuarta llamada, Fortunata movió ligeramente los párpados, y desplegando los labios, apenas dijo: «Nene...».


-xiv-

«¡Caracoles!, esta mujer se va... ¡Y yo solo aquí con ella!, y el crío allá abajo. ¡Van a decir que le he robado! Anda, los ladrones serán ellos. Que digan lo que quieran. ¿A mí, qué? Les presento el papelito firmado por ella, y en paz. ¡Pobre mujer! (contemplándola horrorizado). ¡Virgen del Carmen, si se va en sangre!... Pero esta gentuza, ¿cómo es que la abandona así? ¿No vieron el peligro? Y ese médico, ¿en qué está pensando?... ¡Qué compromiso! ¿Y qué le diría yo?... Aquí hay medicinas; se las daré. Pero ¿y si me equivoco? Cuidado con las drogas, Plácido, y no hagas una barbaridad. Esperaremos. Pero qué... si cuando vengan ya estará ella en el otro barrio. Dios la perdone y le dé lo que más le convenga... Es preciso tratar de animarla... (hablándole al oído). Fortunata, Fortunatita, abra usted los ojos, y no se nos muera así tan tontamente... Le traeré el Viático, si quiera la Santa Unción... ¡Eh!, hija, chica... Quia, no se entera... Esto está perdido. Hija mía, piense usted en Dios y en la Santísima Virgen; invóqueles en esta hora tremenda y la ampararán... Nada, como si le hablaran en griego; no oye, o es que está tan aferrada a la maldad que no quiere que se le hable de religión. Voy a tocar otro registro (con malicia).

Fortunata, buena moza, mire usted quién está aquí... despierte y verá... ¿No le conoce? Es aquel sujeto, el Sr. D. Juanito que viene a ver a su... dama... Mírele, mírele tan afligido de verla a usted malita. (Hablando para sí). ¡Cómo se sonríe la picarona! ¡Ah!, está dañada hasta el tuétano. Abre los ojos y le busca con las miradas. Es como los borrachos, que aunque estén expirando, si les nombran vino, parece que resucitan... ¡Como no se salve esta! Al infierno se va de cabeza... Vean qué manera de arrepentirse. Le nombro a Nuestro Divino Redentor y a María Santísima del Carmen, y como si tal cosa... Sorda como una tapia. Pero le nombro al señorete, y ya la tiene usted tan avispada, queriendo vivir, y sin duda con intenciones de pecar. ¡Ah!, cualquier día se salva esta... Me parece que sube ya la tía. Oigo sus resoplidos como los de una loba marina... Sí, aquí vienen (saliendo al pasillo y hablando con Segunda, que subía sofocadísima precedida de Encarnación). ¡Vaya una calma que tiene usted! Se ha puesto muy mala, pero muy mala».

Apenas entró en la alcoba, Segunda empezó a dar gritos. «¡Hija de mi alma, me la han matado, me la han matado, me la han asesinado! ¡Ay, qué carnicería!, ¡cómo está!... Me la han matado... ¿Y el niño? Nos le han robado, nos le han robado...».

—Atienda a su sobrina, y vea si la puede salvar—dijo Estupiñá cogiéndola por un brazo—, y déjese de asesinatos, y de robos de hijos, y no sea usted mamarracho.