—Niña de mi alma... ¿pero qué? Fortunata... ¿te han matado, o qué es esto? A ver, cordera, ¿tienes heridas? Paice que te han dado cien puñaladas... Pero estás viva. Cuéntame qué ha sido, ¿quién ha sido? ¿Y tu niño, nuestro niño, dónde está? ¿Te lo quitaron?...
—Llame usted al médico—indicó Plácido con ira—. ¿Dónde vive? Yo le avisaré... Y no se cuide del niño, que está mejor que quiere, y nada le falta.
—¿Pero dónde está?... D. Plácido, D. Plácido—exclamó Segunda, descompuesta y furiosa—; me parece que va usted a ir al palo... Voy a dar parte a la justicia. Usted es un forajido, sí señor, no me vuelvo atrás... Usted nos ha birlado a la criatura.
—¡Atiza!... Pero mujer de Barrabás (retirándose por miedo a que Segunda le sacara los ojos). ¿Quiere usted callarse? ¿No ve que su sobrina se muere?
—Porque usted me la ha matado, so verdugo, caribe, usted, usted.
—Dale con gracia... Habrá que ponerle un bozal. Voy a avisar a la Casa de Socorro.
—A la cárcel... es donde tiene que ir usted.
Y en aquel momento entró José Izquierdo, a quien su hermana quiso incitar para que acometiese al bueno de Estupiñá. Platón vacilaba, no dando a Segunda todo el crédito que esta creía merecer.
«Ea, que me voy cargando... y quien va a traer el juez soy yo—afirmó el anciano, dando una patada—. El chico está donde debe estar, y bien saben que yo no miento. Y si no, pregúntenle a su madre».
—Hija de mi vida—chillaba Segunda, abrazando y besando a su sobrina, que si no era ya cadáver, lo parecía—. Dinos lo que te han hecho, dímelo, corazón. ¡Ay, qué dolor de hija!...