—¡Quia! Nada en gracia de Dios. ¡Usted perder el juicio! Bueno va...

—Ello es que yo he dormido, amigo Ballester—dijo Rubín con relativa serenidad levantándose—. Lo que recuerdo ahora es que yo estaba cuerdo, más cuerdo que nadie, y de repente me entró el frenesí de matar. ¿Por qué, por qué fue?

—Eso, rásquese la cabecita a ver si hace memoria... fue porque semos muy tontos. Era usted el espejo de los filósofos, y ya iba para santo, cuando de repente le dio por comprar un revólver...

—¡Ah!... sí (abriendo espantado lo ojos), fue porque mi mujer me dio palabra de quererme con verdadero amor, de quererme con delirio, ¿oye usted?, como ella sabe querer.

—Bueno va. Y ahora le quiere echar la culpa a la otra pobre.

—Ella, sí, ella fue. Me arrebató... y arrebatado estoy. Tengo dentro de mí el espíritu del mal... y apenas me queda un recuerdo vago de aquel estado de virtud en que me hallaba.

—¡Qué lástima, hijo, qué lástima! Tenemos que volver a las duchas y al bromuro de sodio. Es lo mejor para echar virtud y filosofía.

—Volveré—dijo Maxi con gravedad suma—, cuando haya cumplido la promesa que a mi mujer hice. Mataré, gozaré después de aquel amor inefable, infinito, que no he catado nunca y que ella me ofreció en cambio del sacrificio que le hice de mi razón, y luego nos consagraremos ella y yo a hacer penitencia y a pedir a Dios perdón de nuestra culpa.

—¡Bonito programa, sí, señor, bonito contrato! Sólo que ya no puede realizarse, porque falta una de las partes.

—¿Qué parte?—La que ponía el amor, ese amor tan sublime y... delirante.