Maxi no comprendía, y Ballester, decidido a darle la noticia sin rodeos ni atenuaciones, concluyó así:
—Sí, su mujer de usted ya no existe. La pobrecita se nos ha muerto hace hoy ocho días.
Y al decirlo, se conmovió extraordinariamente, velándosele la voz. Maxi prorrumpió en una risa desentonada. «Otra vez la misma comedia, otra vez... Pero ahora, como entonces, no cuela, Sr. Ballester... ¿Apostamos a que con mi lógica vuelvo a descubrir dónde está? ¡Ay, Dios mío!, ya siento la lógica invadiendo mi cabeza con fuerza admirable, y el talento vuelve... sí, me vuelve, aquí está, le siento entrar. ¡Bendito sea Dios, bendito sea!».
Doña Lupe, que escuchaba este coloquio desde el pasillo, aplicando su oído a la puerta entornada, fue perdiendo el miedo al oír la voz serena de su sobrino, y abrió un poquito, dejando ver su cara inteligente y atisbadora.
«Entre usted, doña Lupe—le dijo Segismundo—. Ya está bien. Pasó el arrebato. Pero no quiere creer que hemos perdido a su esposa. Ya; como la otra vez le engañamos... Pero él tuvo más talento que nosotros».
—Y ahora también, y ahora también—afirmó Rubín con maniática insistencia—. Empezaré al instante mis trabajos de observación y de cálculo.
—Pues no necesitará calentarse la cabeza, porque yo se lo probaré... yo demostraré lo que he dicho. Doña Lupe, hágame el favor de traerle la ropita, porque no está bien que salga a la calle con esa facha.
—¿Pero a dónde le va usted a llevar? (alarmada).
—Déjeme usted a mí, señá ministra. Yo me entiendo. ¿Teme que le robe esta alhaja?
—Mi ropa, tía, mi ropa—dijo Maxi tan animado como en sus mejores tiempos, y sin ninguna apariencia de trastorno mental.