En esto entró Blas, el criado de Juan con la mesita, ya puesta, en que había de almorzar el enfermo. Poco después apareció Jacinta trayendo platos. Después de saludarla, Aparisi le dijo:
«Guillermina me ha dado un recado para usted... Hoy no hay odisea filantrópica a la parroquia de la chinche, porque anda en busca de ladrillo portero para cimientos. Ya tiene hecho todo el vaciado del edificio... y por poco dinero. Unos carros trabajando a destajo, otros de limosna, aquel que ayuda medio día, el otro que va un par de horas, ello es que no le sale el metro cúbico ni a cinco reales. Y no sé qué tiene esa mujer. Cuando va a examinar las obras, parece que hasta las mulas de los carros la conocen y tiran más fuerte para darle gusto... Francamente, yo que siempre creí que el tal edificio no era factible, voy viendo...
«Milagro, milagro» apuntó D. Baldomero en marcha hacia el comedor.
—¿Y tú?—preguntó Juan a su consorte al quedarse solos—. ¿Almuerzas aquí o allá?
—¿Quieres que aquí? Almorzaré en las dos partes. Dice tu mamá que te estoy mimando mucho.
—Toma, golosa—le dijo él alargándole un pedazo de tortilla en el tenedor.
Después de comérselo, la Delfina corrió al comedor. Al poco rato volvió riendo.
«Aquí te tengo reservada esta pechuga de calandria. Toma, abre la boquita, nena».
La nena cogió el tenedor, y después de comerse la pechuga, volvió a reír.
—¡Qué alegre está el tiempo!