Jacinta parecía alegre, Dios sabría por qué... Inclinose sobre el lecho y empezó a hacerle mimos a su marido, como podría hacérselos a un niño de tres años.
—¡Ay, qué mañosito se me ha vuelto este nene!... Le voy a dar azotes... Toma, este por tu mamá, este por tu papá y este grande... por tu parienta...
—¡Rica! —Si no me quieres nada. —Anda, zalamera... quien no me quiere nada eres tú.
—Nada en gracia de Dios. —¿Cuánto me quieres?
—Tanto así. —Es poco. —Pues como de aquí a la Cibeles... no al Cielo... ¿Estás satisfecho?
—Chí.
Jacinta se puso seria. «Arréglame esta almohada».
—¿Así? —No, más alta. —¿Estás bien? —No, más bajita... Magnífico. Ahora, ráscame aquí, en la paletilla.
—¿Aquí? —Más abajito... más arribita... ahí... fuerte... ¡Ay, niña de mi vida, eres la gloria eterna!... ¡Qué dicha la mía en poseerte!...
«Cuando estás malo es cuando me dices esas cosas... Ya me las pagarás todas juntas».