—Sí, soy un pillo... Pégame.
—Toma, toma. —Cómeme... —Sí, que te como, y te arranco un bocado...
—¡Ay! ¡ay!, no tanto, caramba. ¡Si alguien nos viera!...
—Creería que nos habíamos vuelto tontos rematados—observó Jacinta riéndose con cierta melancolía.
—Estas simplezas no son para que las vea nadie...
—¿Cierras los ojos? Duérmete, a... rorró...
—Eso es, quieres que me duerma para echar a correr a darle cuerda a esa maniática de Guillermina. Tú eres responsable de que se chifle por completo, porque le fomentas el tema del edificio... Ya estás deseando que cierre yo los ojos para irte. Más que estar conmigo te gusta el palique. ¿Sabes lo que te digo? Que si me duermo, te tienes que estar aquí, de centinela, para cuidar de que no me destape.
—Bueno, hombre, bueno; me estaré.
Quedose aletargado; pero en seguida abrió los ojos, y lo primero que vieron fue los de Jacinta, fijos en él con atención amante. Cuando se durmió de veras, la centinela abandonó su puesto para correr al lado de Guillermina con quien tenía pendiente una interesantísima conferencia.