Pronunció estas palabras en voz alta y delante de ella, porque Josefina estaba completamente sorda.

—El profundo silencio que la rodea —continuó el padre—, es favorable a su salud, porque siendo su mal un desarrollo excesivo de la sensibilidad, todo lo que disminuya las impresiones exteriores, aumentará el reposo, a que debe esa lánguida y decadente vida. No espero salvarla, y todo mi afán consiste hoy en embellecer sus días, fingiendo que nos hallamos rodeados de felicidades y no de peligros. Desearía llevarla al campo; pero el deber y el patriotismo me obligan a no abandonar el cuidado del hospital, cuando nos amenaza un cerco, que parece va a ser más riguroso que los dos primeros. Dios nos saque en bien. ¿Conque se murió ese pobre Sr. Mongat?

—Sí, señor —respondí—; y ahí tiene usted cuatro huérfanos desvalidos que pedirían limosna por las calles de Gerona, si yo no estuviera decidido a quitarme el pan de la boca para dárselo.

—Dios te premiará tu generosidad. Yo también haré lo que pueda por esos infelices. Siseta parece una buena muchacha, y sube algunas veces a acompañar a mi hija. Dile que venga más a menudo, y hoy mismo encargaré a la señora Sumta[3] que les dé a los hijos de Cristòful Mongat todo lo que sobre en la casa. Pero cuéntame: ¿qué has oído en el cuerpo de guardia? Antes dime lo que ha ocurrido en esa expedición a Santa Coloma de Farnés. ¿Fuiste allá?

[3] Lo mismo que Asunción.

—Sí, señor; mas no nos ocurrió nada de particular. Los franceses se nos presentaron en la tarde del 24 de Abril; pero como éramos pocos, y no llevábamos por objeto el batirnos con ellos, sino traer provisiones a Gerona, luego que cargamos los carros y las mulas, nos vinimos para acá con D. Enrique O’Donnell. Los cerdos[4] dominan toda la Segarra, pero los somatenes les hacen perder mucha gente, y para abastecerse pasan la pena negra. El General francés Pino mandó hace poco un batallón a San Martín en busca de víveres. Al llegar el coronel pidió al alcalde para el día siguiente de madrugada cierto número de raciones de tocino (porque abundan en aquel pueblo los animalitos de la vista baja); y como el batallón estaba cansado, dioles boletas de alojamiento, distribuyendo a los soldados en las casas de los vecinos. El alcalde aparentó deseo de servir al señor coronel, y al anochecer el pregonero salió por las calles gritando: «Eixa nit a las dotse, cada vehí matará son porch.»

[4] En Cataluña, durante la invasión, llamaban a los franceses porchs.

—Y cada vecino mató su francés.

—Así parece, señor, y así me lo contaron en el camino; pero no respondo de que sea verdad, aunque la gente de San Martín es capaz de eso. Luego que hicieron su matanza, escondieron armas, morriones y cuanto pudiera descubrirlos; y cuando se presentó el General Pino, trataron de probarle que allí no había estado nadie.

—¿Sabes, Andrés —me dijo Nomdedeu—, que esto parece cosa de cuento?