—Séalo o no —repuse—, con estos y otros cuentos se anima la gente. Los cerdos están ya sobre Gerona, y esta mañana les hemos visto en los altos de Costa-Roja. Aquí dentro no somos más que cinco mil seiscientos hombres, que no son bastantes para defender la mitad de los fuertes. De estos, el que no se ha caído ya es porque no se le ha dado licencia. Si Zaragoza, que tenía dentro de murallas cincuenta mil hombres, ha caído al fin en poder del francés, ¿qué va a hacer Gerona con cinco mil seiscientos?

—Ya serán algunos más —dijo Nomdedeu paseándose por la habitación con la inquietud nerviosa y retozona que se apoderaba de él hablando de las cosas de la guerra—. Todos los vecinos de Gerona toman las armas, y hoy mismo se están formando en el claustro de San Félix las listas de las ocho compañías que componen la Cruzada gerundense. Yo he querido afiliarme; pero como médico, cuyos servicios no pueden reemplazarse, me han dejado fuera con sentimiento mío. También se está formando hoy el batallón de señoras, de que es coronela Doña Lucía Fitz-Gerard: ¿la conoces? En verdad te digo, amigo Andrés, que en medio de la pena que causa el considerar los desastres que nos amenazan, se alegra uno al ver los belicosos preparativos que tanto enaltecen al vecindario de esta ciudad.

Mientras esto decíamos, expresándonos uno y otro con bastante exaltación, Josefina fijaba en nosotros los ojos sorprendida y aterrada, y atendía a nuestros gestos, dando a conocer que los comprendía tan bien como la misma palabra. Advirtiolo su padre, y volviéndose a ella, la tranquilizó con ademanes y sonrisas cariñosas, diciéndome:

—La pobrecita ha comprendido al instante que estamos hablando de la guerra. Esto le causa un terror extraordinario.

La enferma tenía delante de sí, en una mesilla de pino, un gran pliego de papel con plumas y tintero. La escritura servía a hija y padre de medio de comunicación.

Nomdedeu, tomando la pluma, escribió:

«Hija mía, no tengas miedo. Hablábamos de las bandadas de palomas que vio ayer Andresillo en Pedret. Dice que mató todas las que quiso, y que te traerá un par esta tarde. No, no temas, hija mía, no volverá a haber más sitios en Gerona. ¡Si se ha concluido la guerra! Pues qué, ¿no lo sabías? Esas noticias ha traído el Sr. Andresillo. Verdad que se me había olvidado contártelo. Estamos en paz. Veremos si mañana puedes salir a dar un paseo por Mercadal. Iremos a Castellá la semana que entra. ¡Dice nostramo Mansió que están los rosales tan cargados de rosas!... ¿Pues y los cerezos? Este año habrá tanta cereza, que no sabremos qué hacer de ella. He mandado que pongan dos colmenas más, y parece que dentro de un mes la vaca tendrá su cría. A la gallina pintada se le ha puesto una buena echadura con seis o siete huevos de pata. Dentro de diez días los sacará a todos, y dará gusto ver a esa familia.»

Luego que esto escribió, volviose a mí el Sr. D. Pablo, y procurando disimular su aflicción, me dijo:

—De este modo la voy engañando, para arrancar su ánimo a la tristeza. Si ella supiera que mi casa de campo con todas las plantas y los animalitos que allí tenía no existe ya... Los franceses no han dejado piedra sobre piedra. ¡Pobre de mí! Rodeado de desastres; amenazado, como todos los gerundenses, de los horrores de la guerra, del hambre y de la miseria, tengo que fingir junto a esta niña infeliz un bienestar y una paz que está muy lejos de nosotros, y he de ocultar la amargura de mi corazón destrozado, mintiendo como un histrión. Pero así ha de ser. Tengo la convicción de que si mi hija llegase a conocer la situación en que nos encontramos, y tuviese conocimiento del bombardeo y de las escaseces que nos amagan, su muerte sería inmediata; y quiero prolongarle la vida todo el tiempo que me sea posible, porque confío en que si algún día Dios y San Narciso resuelven poner fin a las desgracias de esta ciudad, podré salir de Gerona y llevarla a disfrutar la vida del campo, única medicina que la aliviará.

Josefina, al concluir de leer el papel, movió tristemente la cabeza en señal de incredulidad, y luego dijo: