—Pues marchémonos mañana a Castellá.

—Este sí que es apuro —me dijo Nomdedeu, tomando la pluma para contestar a su hija—. ¿Qué le voy a decir?

Pero sin detenerse, escribió:

«Hija mía, ten un poco de paciencia. El tiempo, que parece bueno, está muy malo, y mañana ha de llover. Yo lo conozco por lo que dicen mis libros. Además tengo que hacer en el hospital durante algunos días.»

Entonces la enferma, que sin duda se fatigaba hablando o no tenía gusto en pronunciar palabras que no oía, tomó también la pluma, y con rapidez nerviosa trazó lo siguiente:

«Andrés está hablando de batallas.»

—¡No, no, señorita Josefina! —exclamé yo a gritos, pues es costumbre instintiva alzar la voz delante de los sordos, aun sabiendo que estos no nos pueden oír.

«Precisamente —escribió D. Pablo—, ahora me estaba diciendo que le van a dar la licencia, porque ya no se necesitan soldados. ¡Gracias a Dios que se han acabado esas malditas guerras!... Hija mía, esta tarde vendrán aquí algunos amigos para que bailen la sardana y te distraigan un rato. ¿Por qué no sigues tu lectura?»

Y luego puso en manos de su hija un tomo, que era la primera parte del Quijote, el cual abrió ella por donde lo tenía marcado, comenzando a leer tranquilamente.

III