No había concluido mi amiga su relación, cuando entró el Sr. D. Pablo; mas para no presentarse a su hija con el brazo manchado de sangre, pasó a una habitación interior, con objeto de arreglarse un poco y vendar su herida. Al punto me reuní con él para contarle lo ocurrido.

—¡Dios y la Virgen Santísima nos amparen! —exclamó con consternación—. ¡Conque me han saqueado la casa! La culpa tiene esa maldita y siempre habladora Sumta, que por todas partes ha de ir pregonando si tenemos o no tenemos provisiones. ¿Y mi hija? La pobrecita habrá comprendido que se encuentra en el cráter de un espantoso volcán, y serán inútiles todas nuestras comedias para convencerla de lo contrario. Es preciso buscar algo que comer, Andrés; sí, algo que comer. Mi hija se morirá de terror; pero no quiero que se muera de hambre.

—Nada se encuentra en Gerona —respondí—, y menos a estas horas.

—¡Qué calamidad! Pero ¿cómo es posible? —dijo en la mayor confusión, mientras yo le vendaba su herida, y se mudaba de vestido—. ¡Ay! cómo me duele el brazo; pero es preciso disimular. Andrés, no te marches. Esta noche necesito de tu ayuda... Es preciso que busquemos algún alimento.

Al presentarse delante de su hija, esta mostró su alegría claramente, abrazándole con cariño; pero al punto sus ojos revelaron vivísimo espanto, echó atrás la cabeza, y cruzando las manos exclamó:

—¡Sangre!

—¿Qué hablas de sangre, hija mía? —dijo el padre desconcertado—. Que estoy manchado de sangre... Ya... sí, en la chupa hay algunas gotas... pero déjame que te cuente. ¿Sabes que he ido de caza?

La muchacha no entendía.

«Que fui de caza —escribió en el pliego de papel D. Pablo—. Un compromiso; no me pude evadir. El magistral y D. Pedro me cogieron, y zas, al campo... He matado tres conejos.»

La enferma, oprimiéndose la cabeza entre las manos, gritó: