—¡Guerra en Gerona!

—¿Qué hablas ahí de guerra? Lo que hay es que hemos tenido hoy un fuerte temporal... Me he mudado de ropa, porque me puse como una uva. ¿Has comido hoy bien?

—No ha tomado nada —dijo Siseta—. Ya sabrá su merced por Andrés que unos bergantes saquearon la casa.

Esto pasaba, cuando sentimos gran estruendo en lo bajo de la vivienda, no estampido de bombas y granadas, sino clamor chillón y estridente, de mil desacordes ruidos compuesto, tales como patadas, bufidos, cacharrazos y sones bélicos de varia índole; pero que al pronto revelaban proceder de una muchedumbre infantil que se había metido por las puertas adentro. Nomdedeu, lleno de confusión, miraba a todos lados, inquiriendo con los ojos qué podía ser aquello; pero pronto él y los demás salimos de dudas, viendo entrar una turba de chiquillos que, desvergonzadamente y sin respeto a nadie, se colaron en la sala, dando golpes, empujándose, chillando, cacareando y berreando en los más desacordes tonos. Dos de ellos llevaban colgados al cinto sendos cacharros sobre cuyo abollado fondo redoblaban con palillos de sillas viejas; varios tocaban la trompeta con la nariz, y todos, al compás de la inaguantable música, bailaban con ágiles brincos y cabriolas. Parecía una chusma infernal saliendo de las escuelas de Plutón.

No necesito decir que al frente del ejército venían Manalet y Badoret, este último llevando a cuestas a Gasparó, tal como le vi en la muralla. Ninguno dejaba de llevar palo, caldero viejo o vara con pingajos colgados de la punta, con cuyos objetos se simulaban fusiles, tambores y banderas. Un fondo de silla de paja atado a una cuerda y arrastrado por el suelo, servía de trofeo a uno, y otro adornaba su cabeza con un cesto medio deshecho, no faltando las casacas de militares hechas jirones, y los morriones de antigua forma con descoloridas plumas adornados.

D. Pablo, ciego de cólera y fuera de sí, apostrofó a los muchachos tan violentamente, que faltó poco para que perdieran en un punto su bélico entusiasmo.

—Granujas, largo de aquí al instante —les dijo—. ¿Qué desvergüenza es esta? ¡Meterse en mi casa de este modo!

Siseta, indignada de tal audacia, cogió por un brazo a Manalet, que acertó a pasar junto a ella, y comenzó a vapulearle de un modo lastimoso. Yo también tomé parte en la persecución del enjambre, y empezó el reparto de pescozones a diestra y siniestra. Pero de pronto observamos que la enferma contemplaba a los desvergonzados muchachos con complaciente atención, y sonreía con tanta espontaneidad y desahogo, como si su alma sintiera indecible gozo ante aquel espectáculo. Hícelo notar al Sr. D. Pablo, y al punto este se puso de parte de los alborotadores, conteniendo a Siseta que iba sobre ellos con implacable furor.

—Dejarles —dijo Nomdedeu—. Mi hija demuestra que está muy complacida viendo a esta canalla. Mira cómo se ríe, Andrés; observa cómo les aplaude. Bien, muchachos; corred y chillad alrededor del cuarto.

Y diciendo esto, D. Pablo, en medio de la sala, empezó a llevar el compás. En mal hora se les ordenó seguir. ¡Santo Dios! ¡Qué algazara, qué estrépito! Parecía que la sala se hundía. Baste decir que se extralimitaron de tal modo, dejándose llevar a los últimos delirios de la travesura, que al fin fue preciso poner freno a tanto juego y vocerío, porque hasta llegó el caso de que los transeúntes se detuvieran en la calle, sorprendidos y escandalizados por tan desusado rumor.