—¿Dónde has estado todo el día? —preguntó Siseta echando mano a Badoret, y deteniéndole—. ¡Y la criatura tiene sangre en el pie! Ven acá, condenado, me las pagarás todas juntas. Espera a que bajemos a casa, y verás. Y tú, Manalet de mil demonios, ¿qué has hecho de la camisa?
—En la calle de las Ballesterías estaban curando unos heridos y no tenían trapos. Me quité la camisa y la di.
—¿Para qué habéis traído a casa tanto muchacho mal criado?
—Son nuestros amigos, hermana —repuso Badoret—. Hemos estado en el Capitol, y allí nos han dado un poco de vino. Siseta, aquí en el seno te traigo cinco guindas.
—Marrano, ¿piensas que las voy a comer de tus manos asquerosas? Ven acá, Gasparó. Este pobrecito no habrá comido nada. ¿Qué te han hecho en el pie, que tienes sangre?
—Hermana, una bala de cañón pasó por donde estábamos, y si Gasparó no se hace para un lado, le lleva medio cuerpo; no le cogió más que la uña chica. ¡Si vieras qué valiente ha estado! Se metió debajo del cañón y allí se estuvo mirando a los franceses que querían subir a la muralla. Y les amenazaba con el puño cerrado. ¡Bonito genio tiene mi niño! Pues no creas... ningún francés se metió con él.
—Te voy a desollar vivo —le dijo Siseta—. Espera, espera a que bajemos. A ver si se marcha pronto de aquí toda esa canalla.
—No, que se aguarden un poco —indicó D. Pablo—. Son unos jovenzuelos muy salados. Mira qué contenta está Josefina. Lo que quiero, Badoret, es que no metáis mucho ruido. Bailad y marchad de largo a largo por toda la casa; pero sin gritar, para que no se escandalice la vecindad. Y dime, Manalet, ¿traéis algo de comer?
—Yo traigo cinco guindas —dijo prontamente Badoret sacándolas del seno.
—Dadme con disimulo y sin que lo vea mi hija todo lo que traigáis, que yo os daré ochavos para que compréis pólvora.