—Pauet tiene cuatro guindas —dijo Manalet.
—Pues vengan acá.
—Y yo tengo también un pedazo de pan, que me sobró del que me dio la monja.
—Pepet —dijo otro de mis chicos—, trae acá ese medio pepino que le cogiste al soldado muerto.
—Yo doy este pedazo de bacalao —dijo otro, entregando la ofrenda en manos de Don Pablo.
—Y yo esta cabeza de gallina cruda —añadió un tercero.
En un momento se reunieron diversos manjares, tales como tronchos de col, que llevaban impreso el sello de las limpias manos de sus generosos dueños; garbanzos crudos que habían sido sacados por los agujeros de las sacas por sutilísimos dedos; algunos pedazos de cecina; andrajos de buñuelos; zanahorias; dos o tres almendras en confite, que ya habían recibido muchas mordidas, y otras viandas, tan liberalmente entregadas como alegremente recibidas. Procurando que no se enterase su hija, llamó D. Pablo a la señora Sumta, que acababa de llegar en aquel instante, y llevándola tras el sillón de la enferma, le dijo:
—A ver si con todo esto compone usted una cena para la enferma. Es preciso hacerle creer que nadamos en la abundancia.
—¿Qué hemos de hacer con esto, señor, si no lo querrá ni la gata? En casa no falta que comer.
—¡Maldita sargentona, todo se lo han llevado, todo lo han saqueado unos malditos militares que se entraron aquí! Si usted no fuera tan entrometida, tan bocona y tan amiga de meterse donde no la llaman y de hablar lo que nadie le pregunta, no nos veríamos en esta... Y no digo más. Avíe usted una cena con esto, que mañana Dios dirá. ¿Se ha olvidado usted de cocinar? ¡Lástima que no se le reventara el fusil entre las manos, a ver si se curaba de sus locuras! A la cocina. ¡Uf! Pronto a la cocina. Está usted apestando a pólvora.