D. Pablo Nomdedeu gastaba todos sus ahorros para poner a su hija una mala comida, y fue de los que dieron por una gallina diez y seis o veinte pesos, cuando algún payés, afrontando mil peligros y venciendo obstáculos mil, lograba entrar en la Plaza. En los días de la gran escasez, la señora Sumta no bajaba a casa de Siseta, y los chicos se secaban los ojos mirando a la escalera por ver si descendía por ella algo de maná. Llegó también el día en que Badoret, Manalet y Gasparó se cansaron de sus correrías por las calles, porque de todas partes eran expulsados los muchachos vagabundos, por la mala opinión que había respecto a la limpieza de sus manos. Flacos y casi desnudos, mis tres hermanos o mis tres hijos, pues como a tales los traté siempre, inspiraban profunda compasión, y formando lastimero grupo junto a Siseta, permanecían largas horas en silencio, sin juegos ni risas, tan graves como ancianos decrépitos, inertes y quebrantados, sin más apariencia de vida que el resplandor de sus grandes ojos negros, llenos de ansioso afán. Siseta les miraba lo menos posible, deseando así conservar la calma que se había impuesto como un deber, y hasta se atrevía a mostrar severidad, creyendo equivocadamente que en tal trance la fuerza moral servía de alguna cosa.
Yo estuve tres días sin verles, porque mis obligaciones me impedían ir a la casa. Cuando fui, encontreles en la situación que he descrito.
Desde luego admiré la entereza de los pobres niños, bastante inteligentes para no importunarnos pidiéndonos lo que sabían no podríamos darles. Únicamente Gasparó, comiéndose sus puños y bebiéndose sus lágrimas, faltaba a la circunspección sostenida por sus hermanos. Llegó un momento en que Siseta, no pudiendo contener su dolor, empezó a llorar amargamente, registrando después los últimos rincones de la casa por ver si parecía de milagro alguna vianda. Yo salí, volví a entrar, salí de nuevo y regresé, después de dar mil vueltas, con la terrible evidencia de que no podía encontrar nada.
Repentinamente me ocurrió una idea salvadora.
—Siseta —dije a mi amiga—. Hace días que no veo a Pichota; pero supongo que andará por ahí con sus tres gatitos.
—¡Oh! —me respondió con dolor—. ¿No sabes que el Sr. D. Pablo ha acabado con toda la familia? ¡Pobre Pichota! Él dice que es una carne excelente; pero yo creo que me moriría de hambre antes de comerla.
—¿Ha muerto Pichota? No sabía nada. ¿Y también los tres angelitos?...
—No te lo quería decir. En estos últimos días que has faltado de casa, D. Pablo bajaba con frecuencia. Un día se me puso delante de rodillas, rogándole que le diera algo para su hija, pues ya no tenía víveres, ni dinero para comprarlos. Cuando esto me decía, uno de los gatitos me saltó al hombro, y D. Pablo, echándole mano con mucha presteza, se lo guardó en el bolsillo. Al día siguiente bajó de nuevo y me ofreció los muebles de su sala si le daba otro de los hijos de Pichota, y sin aguardar mi contestación, entró en la cocina, después en el cuarto oscuro, púsose en acecho, y lo mismo que un gato caza al ratón, así cazó él al gato. Cuando salió, tuve que curarle los arañazos que en la cara traía. El tercero pereció de la misma manera, y después de esto Pichota ha desaparecido de la casa, tal vez por haber entendido que no está segura.
Siseta y yo convinimos en que era urgente rezar, con la esperanza de que, a fuerza de ruegos, nos enviase Dios, por sus misteriosos caminos, algo de lo que tanto necesitábamos. Pero rezamos, y Dios no nos mandó nada.