Meditaba yo sobre la deserción del pobre animal, cuando se nos presentó de repente Nomdedeu. Su aspecto era por demás macilento y cadavérico, habiendo perdido a fuerza de padeceres físicos y morales hasta aquella bondadosa expresión y el dulce acento que lo distinguían. Su vestido estaba desordenado y roto, y traía la escopeta de caza y un largo cuchillo de monte.

—Siseta —dijo bruscamente, y olvidándose de saludarme, a pesar de que hacía algunos días que no nos veíamos—. Ya sé dónde está esa pícara Pichota.

—¿En dónde está, Sr. D. Pablo?

—En el desván que hay en el fondo del patio y que servía de pajar y granero cuando yo tenía caballo.

—Tal vez no será ella —dijo mi amiga en su generoso anhelo de salvar al pobre animal.

—Sí, es ella; te digo que es ella. A mí no se me despinta Pichota. La muy tunanta saltó esta mañana por la ventana de la despensa y me robó un pernil que allí tenía. ¡Qué atrevimiento! Comerse la carne de su propio hijo. Es preciso acabar con ese animal. Siseta, ya te he dado gran parte de mis muebles en cambio de los gazapos. No me queda otra cosa de valor que mis libros de medicina. ¿Los quieres a trueque de la gata?

—Sr. D. Pablo, ni los muebles ni los libros tomaré; coja usted a Pichota, y ya que nos vemos reducidos a tal extremidad, dé una parte a mis hermanos.

—Está bien —respondió Nomdedeu—. Andrés, ¿te atreves a cazar ese terrible animal?

—No creo que sean precisos tantos pertrechos militares —respondí.

—Pues yo sí lo creo. Vamos allá.