En efecto: los cien escalones que conducen a la catedral ofrecían en pavoroso anfiteatro un cuadro completo de los males de la heroica ciudad.
Álvarez con su comitiva seguía bajando, y la multitud apartábase para abrirle paso.
—Señor —le dijo Nomdedeu volviéndome la espalda—. Olvidé decir a vuecencia que los medicamentos que tenemos no bastan ni para la décima parte.
D. Mariano miró fríamente y sin marcada expresión al médico. ¡Qué bien vi entonces al célebre Gobernador, y cuán presentes se quedaron desde entonces en mi mente sus facciones, su mirar y sus palabras! La cara pálida y curtida, los ojos vivos, el pelo cano, la figura delgada y enjuta, la contextura de acero, la fisonomía imperturbable y estatuaria, la tranquilidad y la serenidad juntas en su semblante: todo lo examiné y todo lo retuve en la memoria.
—Si no hay bastantes medicinas —repuso—, empléense las que hay, y después se hará lo que convenga.
Esta muletilla de lo que convenga era muy suya, y con ella solía terminar sus discursos y amonestaciones, siendo en él muy natural decir: «Si no se puede resistir el asalto y los franceses entran en la ciudad, moriremos todos, y después se hará lo que convenga.»
—Pero, señor —añadió D. Pablo—, los enfermos no admiten espera. Si no se les cura... se podrá tirar un día, dos...
Álvarez paseó serenamente la vista por el anfiteatro, y después, volviéndose a Nomdedeu, le dijo:
—Ninguno de ellos se queja. Pronto recibiremos auxilios. La plaza no se rendirá, señor Nomdedeu, por falta de medicinas. ¿No discurre usted algún medio para aliviar la suerte de los enfermos y heridos?
—¡Oh, sí señor! —dijo el médico alentado por algunos de la comitiva que murmuraron frases más en consonancia con los pensamientos del médico que con los del Gobernador—. Me ocurre que Gerona ha hecho ya bastante por la Religión, la Patria y el Rey. Ha llegado ya al límite de la constancia, señor, y exigir más de esta pobre gente es consumar su completa ruina.