Álvarez agitó ligeramente el bastón de mando en la mano derecha, y sin inmutarse dijo a Nomdedeu:
—«Veo que solo usted es aquí cobarde. Bien: cuando ya no haya víveres, nos comeremos a usted y a los de su ralea, y después resolveré lo que más convenga.»
Cuando acabó de hablar, callaron todos de tal modo, que se oía el zumbido de las moscas. Nomdedeu volvió atrás la cabeza buscándome con la vista para disimular su turbación, y harto confuso hubo de abandonar la comitiva. Hasta mucho después de que esta pasara no recobró el uso de la palabra mi buen doctor, y estaba pálido y tembloroso, señal inequívoca de su miedo.
—Andrés —me dijo en voz baja tomándome del brazo, y llevándome en dirección de la Plaza de San Félix—, ese hombre va a acabar con nosotros. Yo soy patriota, sí señor, muy patriota; pero todo tiene su límite natural, y eso de que lleguemos a comernos unos a otros me parece una temeridad salvaje.
—La entereza de D. Mariano —le respondí— nos llevará a tragarnos mutuamente; pero por lo que a mí toca, y mientras sepa que ese hombre está vivo, antes me comeré a mordidas mi propia carne, que hablar de capitulación delante de él.
—Grande y sublime es su constancia —me dijo—: yo la admiro y me congratulo de que tengamos al frente de la plaza un hombre cuya memoria ha de vivir por los siglos de los siglos. ¡Oh, si yo fuera solo en el mundo, Andrés! Si yo no tuviera más que mi indigna persona, si no tuviera otro cuidado que la visita al hospital y el recorrido de los enfermos que están en la calle, yo mismo le diría a D. Mariano: «Señor, no nos rindamos mientras haya uno que pueda vivir, almorzándose a los demás.» Pero mi hija no tiene la culpa de que una nación quiera conquistar a otra... Sin embargo, humillemos la frente ante la voluntad de Dios, de la cual es ejecutor en estos días ese inflexible D. Mariano Álvarez, más valiente que Leónidas, más patriota que Horacio Cocles, más enérgico que Scévola, más digno que Catón. Es este un hombre que en nada estima la vida propia ni la ajena, y como no sea el honor, todo lo demás le importa poco. En las jornadas de septiembre, cuando Vives el capitán de Ultonia se disponía para una pequeña excursión al campo enemigo, preguntó a D. Mariano que a dónde se acogería en caso de tener que retirarse. El Gobernador le contestó: «Al cementerio.» ¿Qué te parece? ¡Al cementerio! Es decir, que aquí no hay más remedio que vencer o morir; y como vencer a los franceses es imposible porque son ciento y la madre, saca la consecuencia. ¡Esto entusiasma, Andresillo! Se le llena a uno la boca diciendo: ¡viva Gerona y Fernando VII! le parece a uno que ya está viendo las historias que se van a escribir ensalzándonos hasta las nubes; pero yo quisiera poder gritar: ¡viva España y viva Josefina! o que al menos entre las ruinas humeantes de esta ciudad y entre el montón que han de formar nuestros cuerpos despedazados, se alzara rebosando salud mi querida hija única, que nunca ha hecho mal a España, ni a Francia, ni a Europa, ni a las Potencias del Norte ni del Sur.
El doctor detúvose a examinar varios enfermos, y corrí a casa de Siseta para llevarles lo poco que había recogido.
XIV
Casi juntamente conmigo entró Badoret, que había salido a hacer una excursión por la Plaza de las Coles, y volvía tan alegre y saltón, que le juzgué portador de víveres para ocho días.
—¿Qué hay, Badoret? —le preguntamos Siseta y yo.