Nos contestó abriendo los puños para mostrar algunas piezas de cobre, y cerrábalos después, bailando con frenesí en medio de la sala.
—¿De dónde traes eso? ¿Lo has cogido en alguna parte? —le preguntó su hermana con enojo, sospechando sin duda que el chico había hecho incursiones lamentables en la propiedad ajena.
—Me los han dado por el ratón... Andrés, un ratón tan grande como un burro. En cuanto llegué con él a la plaza, un viejo soltó tres reales por él.
—¿Para comérselo? —exclamó Siseta con horror.
—Sí —repuso Badoret dándole los cuartos—. Tú no quisiste, pues a venderlo.
—Mira, Andrés —me dijo Siseta—, luego que tú te fuiste, estos condenados bajaron al patio, y por la puertecilla que está junto al pozo, se metieron en la casa del canónigo Don Juan Ferragut, que está abandonada, como sabes. A poco volvieron con una rata tan grande como de aquí a mañana... ¡Qué patas! ¡Qué rabo!
—La carne de este precioso e inteligentísimo animal —dije yo dando a Siseta lo que llevaba—, no es mala, según dicen los muchos que en Gerona la están consumiendo. Por ahora, muchachos, remediémonos con esto que os traigo, y Dios dará más adelante otra cosa.
Comimos, si así puede llamarse una refacción tan exageradamente sobria, que más parecía hecha para dar entretenimiento a los dientes, que substancia al cuerpo. Yo me dormí sobre el suelo poco después, y cuando desperté, Siseta con gran aflicción me dijo:
—Gasparó está malo. Ha cesado de llorar, y está como desmayado, con el cuerpo ardiente, y temblando de escalofríos. ¿Tardará en volver el Sr. Nomdedeu?
Examiné al chico, y su aspecto me hizo temblar, porque no dudé un momento que estuviese atacado de la fiebre a que sucumbía diariamente parte de la población; pero procuré tranquilizar a su hermana, asegurando que los síntomas del mal que tenía delante no eran parecidos a los que a todas horas se observaban en los sitios más públicos de la ciudad. Siseta, en su buen sentido, no daba crédito a mis consuelos, comprendiendo la gravedad de su hermanito. Con la mayor naturalidad del mundo, y olvidando, en su preocupación, las circunstancias de la ciudad, me mandó que le llevase algunas medicinas, y tuve que emplear mil rodeos y circunlocuciones para decirle que no las había. La infeliz muchacha estaba inconsolable.