En efecto: después de una hora de descanso emprendimos el camino hacia el mediodía, y Marijuán repetía la canción con que nos aporreaba los oídos desde que le encontramos:

Digasme tú, Girona,

Si te n’arrendirás...

Lirom lireta.

Com vols que m’rendesca

Si España non vol pas

Lirom fa lá garideta,

Lirom fa lireta lá.

En Bailén hicimos noche. ¡Qué triste impresión produjo en mí la vista de aquellos campos, al considerar que los atravesábamos después de dejar casi toda Castilla en poder de los franceses, a quienes poco antes habíamos sojuzgado con tanta fortuna en el mismo sitio! ¡Cómo se representó en mi imaginación lo que allí había visto y oído: la perspectiva y el estruendo glorioso de la acción, iluminada por el ardoroso sol de julio! Todo estaba frío, helado, quieto, triste, silencioso, oscuro: diríase que sobre los llanos y las mansas colinas de Bailén, una pesada e informe sombra se paseaba a flor del suelo. Visitamos luego Marijuán y yo el palacio de Rumblar, creyendo encontrar allí todavía a la Condesa y su familia, y aunque era ya de noche, nos propusimos penetrar, seguros de ser bien recibidos. Cuando dimos los primeros aldabazos en la puerta, contestonos el lejano ladrido de un perro, sin que rumor alguno indicase la presencia de criatura humana en el palacio, lo cual nos hizo comprender que estaba abandonado. Insistimos, sin embargo, en dar golpes, y al cabo oímos una voz que desde el patio con enojado tono nos respondía, mejor dicho, nos increpaba en esta forma:

—Allá voy. ¡Condenados muchachos, qué querrán a estas horas!