Abrionos echando sapos y culebras por su fea boca el tío Tinaja, antiguo servidor de la casa (pues no era otro el que a la sazón la guardaba), y luego que nos hubo reconocido, desarrugó el ceño, hízonos entrar ofreciéndonos un asiento junto a la lumbre, y allí nos contó cómo toda la familia con buena parte de la servidumbre había marchado a Cádiz huyendo de la invasión francesa.

—Mi señora la Condesa Doña María estaba en que se había de quedar —nos dijo—; pero sus primas de Madrid, que llegaron por Todos los Santos, le volvieron la cabeza del revés. D. Paco también tenía mucho miedo, y entre él, las primas y las tres señoritas, todos llorando y moqueando en ruedo, ablandaron el alma de bronce de la Condesa, obligándola a marchar.

—¿No ha venido también el Sr. D. Felipe? —pregunté comprendiendo a qué personas el tío Tinaja se refería.

—El Sr. D. Felipe no ha venido, porque, según dijeron, está con el francés. Su hermana, la señora Marquesa, es muy española, y habían de ver ustedes cómo disputa con su sobrina, que se ríe del Lord, y dice que ningún general español vale dos cuartos.

—¿Ha venido también D. Diego?

—No, señor. ¡Pues pocas lágrimas han derramado las niñas, y pocos mares han corrido de los ojos de la señora por las calaveradas de D. Diego! No hay quien le saque de Madrid, donde se junta con flamasones, anteos, perdularios, gabachos, y gente mala que le trae al retortero. Parece que ya no se casa con la señorita Inés, por cuya razón mi ama está que trina, y el otro día ella y sus primas hablaron más de lo regular. D. Paco se puso por medio, y echó una arenga en latín. Las señoritas empezaron a llorar, y aquel día en la mesa nadie habló palabra. No se oía más ruido que el de los dientes mascando, el de los tenedores picando en los platos, y el de las moscas que iban a golosinear.

—¿Y cuándo salieron para Cádiz?

—Hace cuatro días. Las tres señoritas iban muy contentas, y Doña María muy triste y ensimismada. La mala conducta del Sr. D. Diego la tiene en ascuas, y la buena señora se va acabando.

Nada más me dijo aquel hombre que merezca mención, y a varias preguntas mías, harto prolijas e impertinentes, no contestó cosa alguna de provecho. Después que nos ofreció parte de su cena, díjonos que podíamos albergarnos en la casa por aquella noche, y como la tropa se alojaba en el pueblo, nos quedamos allí. Solo, y mientras Marijuán dormía, recorrí varias habitaciones altas de la casa, iluminadas no más que por la luna, y una dulce, inexplicable claridad llenaba mi alma durante aquella muda y solitaria exploración. No hubo mueble que no me dijese alguna cosa, y mi imaginación iba poblando de seres conocidos las desiertas salas. La alfombra conservaba a mis ojos una huella indefinible, más bien pensada que vista; vi un cojín que aún no había perdido el hundimiento producido por el brazo que acababa de oprimirlo, y en los espejos creí ver, no la huella ni la sombra, porque estas voces no son propias, sino una nada, mejor dicho, un vacío, dejado allí por la imagen que había desaparecido.

En una habitación que daba a la huerta vi tres camas pequeñas. Dos de ellas parecían tener como un lugar fijo en los dos testeros de derecha e izquierda. La tercera, que estorbaba el paso, revelaba haber sido puesta para un huésped de pocos días. Las tres estaban cubiertas de blanquísimas colchas, bajo las cuales los fríos colchones se inflaban sin peso alguno. La pila de agua bendita estaba llena aún, y mojé las puntas de los dedos, haciéndome en la frente la señal de la cruz. Un fuerte escalofrío corrió por mi cuerpo al contacto helado, como si los dedos que habían tomado las últimas gotas se rozaran con los míos en la superficie del agua. Recogí del suelo una pequeña cinta y unos pedacitos de papel retorcidos, engrasados y perfumados, que indicaban haber servido para moldear los rizos de una cabellera. El silencio de aquel lugar no me parecía el silencio propio de los lugares donde no hay nadie, sino aquel que se produce en los intervalos elocuentes de un diálogo, cuando, hecha la pregunta, el interlocutor medita lo que va a responder.