Salí de aquella estancia, y después de recorrer otras con igual interés, sintiéndome al fin cansado, me recosté en un sofá, donde cerca ya del alba me dormí profundamente. La luz del día entraba a torrentes por las ventanas y balcones cuando me despertó Andrés cantando su estribillo catalán:
Digasme tú, Girona,
Si te n’arrendirás.
En aquellos días, los últimos del mes de enero de 1810, ocurrieron las más lamentables desgracias del ejército español. Creeríase que el genio de la guerra, fundamental en nosotros como el eje del alma, nos había faltado, y la lucha fue desordenada y a la aventura. El General Desolles atacó en Puerto del Rey a la división Girón, que se desbandó junto a las Navas de Tolosa, y al mismo tiempo Gazán acometía el paso de Nuradal, mientras Mortier forzaba el de Despeñaperros. El mariscal Víctor penetró por Torrecampo para caer sobre Montoro, y Sebastiani por Montizón, de modo que la invasión de Andalucía se verificó por cuatro puntos distintos con estrategia admirable que acabó de desconcertarnos. Verdad es, y sírvanos esto de disculpa, que teníamos por General en Jefe a D. Juan Carlos Aréizaga, hombre nulo en el arte de la guerra, y en cuya cabeza no cabían tres docenas de hombres. La pericia de algunos jefes subalternos servía de muy poco, y desmoralizada la tropa, convencida de su incapacidad para la resistencia, no veía delante de sí ni gloria ni honor, sino el cómodo refugio de Córdoba, Sevilla o la Isla gaditana. Resistencia formal solo la hallaron los franceses por Montizón, entre Venta Nueva y Venta Quemada, donde mandaba D. Gaspar Vigodet, el cual, después de batirse con mucho arrojo, ordenó la retirada en regla. En suma, señores míos, doloroso es decirlo y doloroso recordarlo; pero es lo cierto que los franceses avanzaron hacia Córdoba cuando nosotros llorábamos nuestra impotencia camino de Sevilla.
¿Y qué podré deciros del espectáculo que nos ofreció esta ciudad amotinada, sometida a las intrigas de una facción tan pequeña como audaz? De buena gana no diría nada, tragándome todo lo que sé y ocultando todo lo que vi, para que semejantes fealdades no entristecieran estos cuadros; pero ya la fama ha dicho cuanto había que decir, y no porque yo lo calle dejará de saberse, que si en mí consistiera, a este y a otros hoyos de nuestra historia les echaría tierra, mucha tierra.
Es el caso que fugitiva la Central, los conspiradores erigieron allí una juntilla suprema, y azuzado el populacho, no se oían más que vivas y mueras, olvidándose del francés que tocaba a las puertas, cual si en el suelo patrio no hubiese ya más enemigos que aquellos desgraciados centrales. ¡Lo que es la pasión política, señores! No conozco peor ni más vil sentimiento que este, que impulsa a odiar al compatricio con mayor vehemencia que al extranjero invasor. Yo me espantaba presenciando los atropellos verificados contra algunos, y la salvaje invasión de las casas de otros. ¡Y gracias que escaparon con vida de la plebe holgazana y chillona! En una palabra, aquello era de lo más denigrante que he visto en mi vida, y si la Junta Central valía poco, los individuos que en Sevilla y después en Cádiz agujerearon sus fundamentos, como inquietos y vividores reptiles, no ocupan, a pesar de su mucho bullir y de las distintas posturas que tomaron, un lugar visible en la historia. Su pequeñez les hace desaparecer en las perspectivas de lo pasado, y sus nombres sin eco no despiertan admiración ni encono. Pertenecen a ese vulgo que, con ser tan vulgo, ha influido en los destinos del país desde la primera revolución acá; gentezuela sin ideal, que se perdería en las muchedumbres como las gotas de lluvia en el Océano, si la vituperable neutralidad política de la mayoría honrada, decente, entendida y patriota, no les permitiera actuar en la vida pública, tratando al país como un objeto de su exclusiva pertenencia, que se les ha dado para divertirse.
Pero quiero poner punto en esta materia, que seduce poco mi entendimiento. Continuando nuestra retirada llegamos al Puerto de Santa María, donde estuvimos dos días con sus noches, y allí fue donde adquirí sobre el formidable cerco de Gerona estupendas noticias. Debo una explicación a mis lectores, y voy a darla.
Mi objeto al comenzar esta última sesión, en que apaciblemente nos encontramos, amados señores míos, fue referir lo mucho y bueno que vi en Cádiz cuando nos refugiamos allí, después que los franceses penetraron en Andalucía; pero un deber patriótico me obliga a aplazar por breve tiempo este mi natural deseo, dando la preferencia a algunos hechos del sitio de Gerona, que contaré también, si bien los contaré de oídas. Un amigo de aquellos días, y que después lo fue también en épocas más bonancibles, me entretuvo durante dos largas noches con la descripción de maravillosas hazañas que no debo ni puedo pasar en silencio. Aquí las pongo, pues, suspendiendo el curso de mi historia, que reanudaré en breve, si Dios me da vida a mí y a ustedes paciencia. Solo me permito advertir que he modificado un tanto la relación de Andresillo Marijuán, respetando por supuesto todo lo esencial, pues su rudo lenguaje me causaba cierto estorbo al tratar de asociar su historia a las mías. Hago esta advertencia para que no se maravillen algunos de encontrar en las páginas que siguen observaciones, frases y palabras impropias de un muchacho sencillo y rústico. Tampoco yo me hubiera expresado así en aquellos tiempos; pero téngase presente que, en la época en que hablo, cuento algo más de ochenta años, vida suficiente a mi juicio para aprender alguna cosa, adquiriendo asimismo un poco de lustre en el modo de decir.
RELACIÓN
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