—Ha caído una bomba en la casa del canónigo Ferragut, calle de Cort-Real, y el tejado ha ido a buscar refugio dentro de los cimientos. Yo lo he visto, Andrés. Tu amigo el médico, D. Pablo Nomdedeu, salió a la calle gritando y bufando en cuanto vio arder las barbas del vecino. Felizmente la casa no ardió, y hasta hoy no tiene más avería que haber sido aplastada como un buñuelo. ¿No vas allá?
De buena gana habría corrido al lugar de la catástrofe; pero la ordenanza me ataba a la muralla de Alemanes durante algunas horas, y esperé con horrible ansiedad. Cuando me encontré libre y pude trasladarme a la calle de Cort-Real, vi con alegría que mi casa estaba intacta, aunque amenazada de algún deterioro por la repentina falta del apoyo de la contigua, cuya fachada yacía casi totalmente en el suelo, viéndose desde la calle el interior de las habitaciones con parte de los muebles en la misma situación en que los dejó el dueño al abandonar su domicilio. Mentalmente di gracias a Dios por haber librado de la desgracia la casa de los míos, y corrí al lado de Siseta, a quien encontré en el taller y en el mismo sitio donde la había dejado la noche anterior, junto al lecho de su hermano. La consternación de la pobre muchacha era tal, que no acerté a tranquilizarla con inútiles consuelos.
—Siseta —le dije—, es preciso resignarse a lo que quiere Dios. ¿Y tu hermano?
No me contestó, ni había para qué, porque su hermano se moría. Ella misma hallábase en tan lastimosa situación física y moral, que solo por un enérgico propósito de su fuerte espíritu se mantenía vigilante y atenta a la agonía del pobre Gasparó. Sin el dolor, Siseta habría caído al suelo, abatida por el insomnio y la inanición; pero despreciaba su propia existencia, y para atenderla era preciso que desapareciese la de los demás.
—¿El Sr. Nomdedeu no ha asistido a tu hermano? —le pregunté.
—No —repuso—. El Sr. D. Pablo dice que aquí nada falta sino echarle tierra encima.
—¿Y es posible que no te haya proporcionado algunas medicinas? Si él quisiera, podría hacerlo.
—Dice que no hay medicinas.
—Dime: ¿Gasparó ha tomado algún alimento?
—Nada. Con los cuartos que trajeron ayer los chicos, se compró un pedacito muy pequeño de cecina, y lo puse en las parrillas; y esta mañana vino D. Pablo, se me arrodilló delante llorando a moco y baba, y como a pesar de esto me resistiera a dárselo, amenazome con matarme, y se lo llevó.