—¿Tú tampoco has tomado nada?... ¡Oh! Es preciso que yo le siente la mano a ese ladronzuelo de D. Pablo. ¿Tenemos nosotros obligación de mantenerle a su hija? ¿Y tus hermanos?
—No sé dónde están —repuso Siseta con profundo terror—. Desde anoche no han vuelto a casa.
—Pero, Siseta —exclamé con angustia—, no irían a la casa del canónigo. ¿Sabes que se ha venido al suelo?
—No sé si irían allá... Esta mañana sentí un gran ruido. Creí que era esta casa la que se venía al suelo, y abrazando a mi hermano cerré los ojos y me encomendé a Dios. Pero luego que cesó el ruido, miré al techo y lo vi en el mismo sitio. La gente gritaba en la calle, y era difícil respirar, a causa del polvo. No, Dios mío, no es posible que mis hermanos estuvieran hasta hoy dentro de esa casa. Yo creo que habrán ido al mercado a vender lo que hayan cogido.
Cada palabra pronunciada era un esfuerzo angustioso de la decaída naturaleza de Siseta. Cubría su frente helado sudor, y sentada en el suelo apoyaba sus brazos en la estera para sostenerse. Pálida como la misma muerte, y con los ojos apagados y hundidos, daba pena de ver cómo se agostaba aquella planta, sin poder echarle un poco de agua.
De repente bajó metiendo mucho ruido el Sr. Nomdedeu, que al verme me dijo:
—¡Oh, Andresillo! ¡Cuánto me alegro de que estés aquí! Supongo que traerás algo. Tú eres generoso, y no te olvidas de los buenos amigos.
—Nada traigo, señor doctor; y si trajera, no sería para usted. Cada cual se las componga como pueda.
—¡Qué bromas gastas! Supongo que traerás siquiera un poco de trigo. Y tú, Siseta, ¿tienes algo para mí? ¿Tus hermanos no han traído nada? ¡Oh, amigos míos de mi alma! ¿No hay nada para este pobre infeliz que ve morir a su hija? Andrés, Siseta —añadió juntando las manos y poniéndose de rodillas delante de nosotros—, haced la caridad, por amor de Dios, que todo lo que tuviereis de menos en la tierra lo tendréis de más en el cielo. Ya sabéis que aquí dan uno por ciento y allá dan ciento por uno. Andrés, Siseta, queridísimos amigos míos, vosotros que nadáis en la abundancia, socorred a este mendigo. Nada me queda ya: he vendido todos mis libros, y con las plantas de mi magnífico herbario, que he reunido durante veinte años, he hecho un cocimiento para dárselo a ella. Solo me restan las plantas malignas o venenosas, y la incomparable colección de polipodiums, que os puedo vender... ¿De veras que no tenéis nada? No puede ser. Ustedes esconden lo que tienen; ustedes me engañan, y esto no lo puedo consentir: no, no lo consentiré.
De esta manera Nomdedeu pasaba de la aflicción amarga o una cólera hostil y atrabiliaria, que a Siseta y a mí nos infundió bastante recelo.