—Irá vivo al mercado —añadió el otro—, y nos darán por su cuerpecito nueve reales. Ni un cuarto menos, hermano Badoret.

XIX

Atado por el rabo el vencedor de Europa, los chicos querían llevarlo al mercado; pero yo lo tomé para mí, diciéndoles:

—Si trabajáis un poco más, no os faltarán otros respetables sujetos que llevar al mercado. Dejad este para mí, que lo necesito, y coged a Saint-Cyr, a Duhesme, a Verdier y a Augereau.

Haciendo, pues, nuevas y valiosas presas, se marcharon.

Yo atravesaba la puertecilla, mejor dicho, el agujero que comunicaba el patio de la casa de Ferragut con la mía, cuando mi cabeza tropezó con otra cabeza. Nos topamos el Sr. Nomdedeu y yo, él queriendo entrar y yo queriendo salir.

—Detente un rato más, Andrés —me dijo con agitación—, y ayúdame. ¡Pero qué hermoso animal tienes ahí! ¿Cuánto pides por él?

—No lo vendo —repliqué con orgullo.

—Es que yo lo quiero —me dijo con firmeza, deteniéndome por un brazo—. ¿Sabes que se ha muerto Gasparó? Mi hija se muere también, es decir, quiere morirse; pero yo no lo permito, no lo permitiré, no señor; estoy decidido a no permitirlo.

—Nada de eso me importa, Sr. Nomdedeu —repuse—. ¿Cómo está Siseta?