—¿Siseta? Se morirá también. He aquí una muerte que importa poco. Siseta no tiene padre que se quede sin hija. ¿Me das lo que llevas ahí?
—Usted bromea. Adiós, Sr. Nomdedeu. Por aquella puerta se baja a donde hay mucho de esto.
—¡Oh! ¡qué repugnante sitio! —exclamó el doctor—. Pero ¿qué llevas ahí? Un niño Jesús de alfeñique. Dámelo, Andrés, dámelo. ¡Azúcar, Dios mío! ¡Azúcar! ¡Qué rayo de luz divina!
—No puedo darlo tampoco. Es para Siseta.
El doctor se puso lívido, más lívido de lo que estaba, y mirome con una expresión rencorosa que me llenó de espanto. Le temblaban los labios, y a cada instante llevábase las convulsas manos a su amarillo cráneo desnudo. Me infundía lástima; me infundía además su vista poderoso egoísmo, y le detestaba, sí, le detestaba, sobre todo desde que tuvo la audacia de mirar con sus ávidos ojos el niño Jesús sin piernas que yo llevaba.
—Andrés —me dijo—, yo quiero ese pedazo de azúcar. ¿Me lo darás?
Examiné rápidamente a Nomdedeu. Ni él tenía armas, ni yo tampoco.
—Si no me lo das, Andrés —prosiguió—, yo estoy dispuesto a que se pierda mi alma por quitártelo.
Diciendo esto, el doctor, sin darme tiempo a tomar actitud defensiva, arrojose sobre mí y me hizo caer al suelo. Clavome las manos en los hombros, y digo que me clavó, porque parecía que sus manos de hierro, horadando mi carne, se hundían en la tierra. Luché, sin embargo, en aquella difícil posición, y conseguí incorporarme. La fuerza de Nomdedeu era vigorosa, pero de poca consistencia, y se consumía toda en el primer movimiento. La mía, muscular e interna, carecía de rápidos impulsos, pero duraba más. ¡Oh, qué situación, qué momento! quisiera olvidarlo, quisiera que se borrara por siempre de mi memoria; quisiera que aquel día no hubiese existido en la esfera de lo real. Pero todo fue cierto y lo mismo que lo voy contando. Yo pesé sobre D. Pablo, como él había pesado sobre mí, y pugné por clavarlo en el suelo. Yo no era hombre, no: era una bestia rabiosa, que carecía de discernimiento para conocer su estúpida animalidad. Todo lo noble y hermoso que enaltece al hombre había desaparecido, y el brutal instinto sustituía a las generosas potencias eclipsadas. Sí, señores: yo era tan despreciable, tan bajo como aquellos inmundos animales que poco antes había visto despedazando a sus propios hermanos para comérselos. Tenía bajo mis manos, ¿qué manos? bajo mis garras a un anciano infeliz, y sin piedad le oprimía contra el duro suelo. Un fiero secreto impulso que arrancaba del fondo de mis entrañas, me hacía recrearme con mi propia brutalidad, y aquella fue la primera, la única vez en que, sintiéndome animal puro, me gocé de ello con salvaje exaltación. Pero no fui yo mismo, no, no; lo repetiré mil veces: fue otro quien de tal manera y con tanta saña clavó sus manos en el cuello enjuto del buen médico, y le sofocó hasta que los brazos de este se extendieron en cruz, exhaló un hondo quejido, y, cerrando los ojos, quedose sin movimiento, sin fuerzas y sin respiración.
Me levanté jadeante y trémulo, con el juicio trastornado incapaz de reunir dos ideas, y sin lástima miré al desgraciado que yacía inerte en el suelo. El niño de alfeñique cayóseme de las manos, y Napoleón, que durante la lucha se había visto libre, cargó con él, huyendo a todo escape, con el hilo aún atado en la cola.