Esperé un momento. Nomdedeu no respiraba. La brutalidad principió a disiparse en mí, y así como en las negras nubes se abre un resquicio, dando paso a un rayo de sol, así en los negrores de mi espíritu se abrió una hendidura, por donde la conciencia escondida escurrió un destello de su divina luz. Sentí el corazón oprimido; mil voces extrañas sonaban en mi oído, y un peso, ¡qué peso! una enorme carga, un plomo abrumador gravitó sobre mí. Quedeme paralizado; dudaba si era hombre; reflexioné rápidamente sobre el sentimiento que me llevara a tan horrible extremo, y al fin, atemorizado por mi sombra, huí despavorido de aquel sitio.
Pasé al otro patio, y entrando en casa de Siseta, la vi exánime sobre el suelo. A un lado estaba el cadáver del pobre niño, y más al fondo advertí la presencia de una tercera persona.
Era Josefina, que hallándose sola por largo tiempo en su casa, había bajado arrastrándose. Examinó a Siseta, que lloraba en silencio, y a su vista experimenté un temor inmenso, una angustia de que no puedo dar idea, y la conciencia que hace poco me enviara un solo rayo, me inundó todo de improviso con espantosas claridades. Un gran impulso de llanto se determinaba en mi interior; pero no podía llorar. Retorciéndome los brazos, golpeándome la cabeza, mugiendo de desesperación, exclamé sin poder contener el grito de mi alma irritada:
—Siseta, soy un criminal. He matado al señor Nomdedeu, ¡le he matado! Soy una bestia feroz. Él quería quitarme un pedazo de azúcar que guardaba para ti.
Siseta no me contestó. Estaba estupefacta y muda, y la extenuación, juntamente con el profundo dolor, la tenían en situación parecida a la estupidez. Josefina, acercándose a mí y tirándome de la ropa, me preguntó:
—Andrés, ¿has visto a mi padre?
—¿Al Sr. Nomdedeu? —contesté temblando, como si el ángel de la justicia me interrogara—. No, no le he visto... Sí... allí está... allí... pasando al otro patio.
Y luego, anhelando arrojar lejos de mí las terribles imágenes que me acosaban, volvime a Siseta y le dije:
—Siseta de mi corazón, ¿ha muerto Gasparó? ¡Pobre niño! Y tú, ¿cómo estás? ¿Te hace falta algo? ¡Ay! Huyamos, vámonos de esta casa, salgamos de Gerona, vámonos a la Almunia a descansar a la sombra de nuestros olivos. No quiero estar más aquí.
Un extraordinario y vivísimo ruido exterior no me dejó lugar a más reflexiones ni a más palabras. Sonaban cajas, corría la gente; la trompeta y el tambor llamaban a todos los hombres al combate. Siseta alargó lentamente el brazo, y con su índice me señaló la calle.