Un vaso tocó mis labios. Las monjas me daban agua.

Luego tornaba a los mismos delirios, que variaban a cada instante, ora terribles, ora gratos, hasta que un día me reconocí en el uso completo de mis sentidos, y con el entendimiento claro y sin nubes. Vi el cielo encima, en derredor mucha gente y a mi lado un fraile. No se oían cañonazos, y el silencio, con serlo, parecía un ruido indefinible.

—Hijo mío —me dijo el fraile—, ¿estás mejor? ¿Te sientes bien? Esa herida del pecho no es mortal. Si hubiera recursos en Gerona y se te alimentara bien, curarías como otros muchos.

—¿Qué ocurre, Padre? ¿Qué día es hoy? ¿A cuántos estamos?

—Hoy es el 9 de diciembre, y ocurre una inmensa desgracia.

—¿Qué?

—Está enfermo D. Mariano Álvarez, y la ciudad se va a rendir.

—¡Enfermo! —exclamé con sorpresa—. Yo creí que D. Mariano no podía estar enfermo ni morir. Moriremos nosotros; pero él...

—Él también morirá. Hoy le ha entrado el delirio y ha traspasado el mando al teniente de rey D. Juan Bolívar. Desde que Álvarez está en cama, nadie considera posible la defensa. Solo hay mil hombres disponibles, y aun estos están también enfermos. A estas horas se celebra junta de jefes para ver si se rinde o no la plaza en este día. Me temo que se saldrán con la suya los pícaros que quieren la rendición. Es una vergüenza que esto pase. Hay aquí mucha gente que no piensa más que en comer.

—Padre —dije yo—, si hay algo por ahí, démelo, aunque sea un pedazo de madera. No puedo resistir más.