El fraile me dio no sé qué cosa; pero yo la devoré sin averiguar lo que era. Después hablé así:
—¿Su Paternidad está aquí auxiliando a los moribundos? Yo, aunque Dios en su infinita misericordia me conserve por ahora la vida, quiero confesar un gran pecado que tengo. Si no me quito de encima este gran peso, no podré vivir. Por allí creerán que D. Pablo Nomdedeu ha muerto de hambre o de miedo. No: yo debo declarar que le he matado porque me quiso quitar un pedazo de azúcar.
—Hijo mío —repuso el fraile—, o estás aún delirando, o confundiste con otro el Sr. Nomdedeu, pues tengo la seguridad de haber visto a este hoy mismo, si no bueno y sano, al menos con vida. No descansa en lo de curar a diestro y siniestro.
—¡Cómo! ¿Será posible? —exclamé con estupefacción—. ¿Vive el Sr. D. Pablo Nomdedeu, ese espejo de los médicos? Padre, tan buena nueva me devuelve por entero la vida. Yo le dejé por muerto en medio del patio. No puedo creer sino que ha resucitado para que su hija no quedase huérfana. Padre, ¿conoce usted a Siseta, la hija del Sr. Cristòful Mongat? ¿Sabe por ventura si vive?
—Hijo, nada puedo decirte de esa muchacha. Solo sé que la casa donde vivía el señor Mongat y el Sr. Nomdedeu, ha sido destruida por una bomba ayer mismo. Tengo idea de que todos sus habitantes se salvaron, excepto alguno que se ha extraviado, y no se le puede encontrar.
—¡Oh! ¡Si pudiera levantarme y correr allá! —dije—. Pero parece que me han clavado en esta maldita cama. ¿En dónde estoy?
—Esta es la cama en que murió Periquillo del Roch, asistente del Sr. D. Francisco Satué, que es, como sabes, edecán del Gobernador. Cuando murió Periquillo, te pusimos aquí, y ayer dijo Satué que te tomaría por asistente.
—¿Conque Su Paternidad no me da noticias de la pobre Siseta? El corazón me dice que no ha muerto, y que no soy, por lo tanto, viudo.
—¿Eres casado?
—Con el corazón. Siseta será mi mujer si vive. ¿Y dice Su Paternidad que no ha muerto el Sr. Nomdedeu?