—Así parece, pues se le ve por la ciudad. Verdad es que más bien tiene aspecto de un muerto que anda, que de persona viva.
—¿Será cierto lo que oigo? ¿Y el Sr. D. Pablo se mueve?
—Anda, aunque cojo.
—¿Y abre los ojos?
—Sí: sus ojos parduzcos buscan las piernas rotas en la oscuridad de los escombros.
—¿Y habla?
—Con su voz clueca, que tan buenas cosas sabe decir.
—¿Pero es el mismo, o un remedo de Don Pablo, una sombra que viene del otro mundo a figurar que pone vendas?
—El mismo, aunque de puro desfigurado apenas se le conoce.
—¡Oh, qué inmensa alegría siento! ¿De modo que ha resucitado?