Siseta me contestó dándome esperanza, y asegurando que convenía aguardar con serenidad el cumplimiento de nuestro destino, sin desconfiar de la bienhechora Providencia. Convinimos al fin en que no era una gran desventura que yo fuese a Francia, y por su parte halló muy prudente refugiarse en la Almunia, mientras yo volvía. La verdadera dificultad era la absoluta carencia de medios para vivir dentro de Gerona, lo mismo que para ausentarse. Éramos pobres hasta el último grado, y después de pasar tantos y tan penosos trabajos, Siseta y sus hermanos estaban destinados a sostenerse de la caridad pública. Pero Dios no abandona a las criaturas desvalidas, y he aquí cómo vino en nuestra ayuda por inesperados caminos. ¿De qué manera? ¿Cuándo? Esto, los mismos acontecimientos que voy contando os lo dirán.
Pero déjenme acudir a casa del Sr. D. Pablo Nomdedeu, de cuya salud me han dado muy malas noticias al volver de casa del talabartero, a donde llevé el tahalí de mi amo para que le echase una pieza. Déjenme ir allá, que a pesar de las cuestiones desagradables que tuvimos, no deja de ser el Sr. D. Pablo un entrañable amigo mío, a quien quiero de todas veras. Lo malo es que no puedo ir tan pronto como deseara, porque en la calle de Cort-Real, la mucha gente que allí se junta en animados corrillos, me detiene el paso. ¿Qué ocurre? ¿Tenemos un cuarto sitio? No es nada: parece que los franceses, cansados de haber cumplido hasta ayer de mala gana las principales cláusulas de la capitulación, han acordado solemnemente romperlas. Así me lo dijo el Padre Rull, a quien vi muy sofocado entre el gentío, refiriendo con énfasis declamatorio los pormenores del suceso.
—Esto es una desvergüenza —decía—, y un Emperador que tales cosas hace es un pillo... nada, un pillo. ¿Qué me importa que oigan los franceses? No bajaré la voz, no, señores. Lo dicho, dicho. En la capitulación se acordó que los regulares serían respetados, y ahora salimos con que nos llevan a Francia. ¿Pues qué, las órdenes son cosas de juego? ¿Somos chicos de escuela, para que hoy se nos diga una cosa y mañana otra?
—También yo voy a Francia, Padre Rull —le dije—, y consolémonos uno con otro, que frailes y soldados hacen buena miga, y la carga se lleva mejor en dos hombros que en uno.
—Nada, hijos míos: iremos a donde nos lleven, y soportaremos sus crueldades con paciencia, como nos lo manda Nuestro Señor Jesucristo. Si así lo habéis querido vosotros, ¿qué se ha de hacer? Ved aquí las consecuencias de capitular cuando todavía podía haberse tirado una temporadita más, comiendo lo que había. A Francia, pues, y fíese usted de palabras de cerdos. Nosotros confiábamos ingenuamente en el cumplimiento de lo pactado, cuando vierais aquí que esta mañana se presenta en la santa casa un oficialejo, el cual, con voces torpes y destempladas, dijo que nos preparásemos para tomar mañana el caminito de Francia, porque S. M. el Emperador lo había dispuesto así desde París. Por lo visto, nos temen tanto como a los soldados. Y díganme ustedes ahora: ¿qué va a ser de Gerona sin frailes?
Cada uno contestaba al Padre Rull según sus ideas, cuál con enojo, cuál festivamente; pero al fin todos los que le oíamos convinimos en que lo del viaje era una grandísima picardía de S. M. el Emperador de los franceses. Cuando me retiré de allí, quedaba el buen fraile sermoneando a sus amigos sobre la preeminencia que siempre alcanzaron las órdenes religiosas en los tratados de las naciones.
Llegué a casa del Sr. Nomdedeu, y desde mi entrada conocí que la salud del buen médico no debía de ser buena, por las señales de consternación que noté en el semblante de Josefina lo mismo que en el de la señora Sumta. Esta me dijo:
—Andresillo, no hables al amo de Siseta ni de los chicos; porque siempre que se le nombran, le da como un desmayo.
Josefina me preguntó por los míos, y al instante le comuniqué con la alegría de mis ojos el infeliz encuentro de mi novia y sus hermanos.
—Todos se salvan, menos mi buen padre —dijo tristemente la joven.