—Sí, está en Cádiz. ¿Deseas verla? Pues no te apures: yo te prometo que la verás, la verás.

Diciendo esto, Amaranta se expresaba en un tono que me hacía comprender su anhelo de mortificar a alguien, al permitirme ver a su hija. Su benevolencia me tenía tan confundido, que ni aun acertaba a darle las gracias.

—¡En qué momento tan crítico para mí te me has aparecido, Gabriel! Un suceso que sabrás más tarde, me obliga a ir a Cádiz esta noche, sola, sin que ninguno de mi familia lo sepa. Dios no me podía ofrecer compañero ni custodio más a propósito.

—Pero, señora, ¿usía no considera que las puertas de Cádiz están cerradas a estas horas?

—Lo están para mí todas menos una. Por eso me aventuro en esta travesía que podría ser peligrosa. El jefe de guardia en la puerta de mar es amigo mío y me espera. Yo tenía el bote preparado. Estaba dispuesta a ir sola, y cuando te presentaste en la calle acompañando al oficial que nos rondaba, vi el cielo abierto. Gabriel, te juro que estoy contentísima de verte en la honrosa condición en que ahora te hallas. Así te deseaba yo. Pero, chiquillo, ¿eres tú mismo?... ¡Pues no lleva sus charreteras como un hombre!... El muy zarramplín, con ese uniforme que le sienta bien, tiene aire de persona decente... ¡Vaya usted a hacer creer a la gente que has jugado en la Caleta!... Chico, bien, bien, así me gusta... ¡qué bien te vendría ahora aquella farsa de tus abolengos!... No me canso de mirarte, pelafustán... ¡qué tiempos estos! He aquí un gato que quiso zapatos, y que se ha salido con ello... Te juro que eres otro. Inés no te va a conocer... ¡Qué a tiempo has venido! Estás muy bien, hijito... Desde que fuiste mi paje conocí tu corazón de oro... ¡Ay! no te faltaba más que el forro, y veo que lo vas teniendo... Gabriel, creo que te alegras de verme, ¿no es verdad? Yo también. Cuántas veces he dicho: si ahora apareciese ese muchacho... Mañana te contaré todo. Chiquillo, soy la mujer más desgraciada de la tierra.

El bote avanzaba con la proa a Cádiz. El botero, fijo en la popa, manejaba el timón, y dos muchachos habían izado la vela latina, con la cual, merced al viento fresco de la noche, la embarcación se deslizaba cortando gallardamente las mansas olas de la bahía. La claridad de la luna nos alumbraba el camino: pasábamos velozmente junto a la negra masa de los barcos de guerra ingleses y españoles, que parecían correr al costado en dirección opuesta a la que seguíamos. Aunque el mar estaba tranquilo, agitábase bastante el bote, y sostuve con mi brazo a la Condesa para impedir que se hiciera daño con las frecuentes cabezadas de la embarcación. Los tres marinos no pronunciaron una sola palabra en todo el trayecto.

XXVIII

—¡Cuánto tardamos! —dijo Amaranta con impaciencia.

—El bote va como un rayo. Antes de diez minutos estaremos allá —dije al ver las luces de la ciudad reflejadas en el agua—. ¿Tiene usía miedo?

—No, no tengo miedo —repuso tristemente—, y te juro que aunque las olas fueran tan fuertes que lanzaran al bote a la altura de los topes de ese navío, no vacilaría en hacer este viaje. Lo habría hecho sola si no te hubieras aparecido como enviado del cielo para acompañarme. Cuando te vi, mi primera idea fue llamarte; pero luego mi criada y yo discurrimos la invención que oíste, para desorientar al hidalgo portugués. Quiero que no me conozca nadie.