—La señora Duquesa de los Umbrosos Montes estará a estas horas trastornando el seso de mi buen amigo.
—Sí, y lo hará bien. Si mi ánimo estuviera tranquilo, me reiría recordando la gravedad con que dijo las relaciones que le enseñé esta tarde. Hace poco, como se empeñara en galantearme un viajero inglés, Dolores quiso pasar por ama y yo por criada; pero él conoció al punto el engaño. No nos dejaba a sol ni a sombra, y no puedes figurarte las felices ocurrencias de mi doncella a propósito del caballero británico, de su aspecto tristón, de sus ardientes arrebatos y de su cojera. Es a ratos amable y fino, a ratos sombrío y sarcástico; se llamaba Lord Byron.
—No es extraño que vuecencia enloqueciera a ese señor inglés. Pero ya llegamos, señora Condesa, y el bote va a atracar en el muelle. Sale la guardia a darnos el quién vive.
—No importa: tengo pase. Di que llamen a D. Antonio Maella, jefe de la guardia.
Presentose el oficial, y nos dio entrada sin dificultad, abriéndonos luego la puerta, por donde pasamos a la Plaza de San Juan de Dios. Mientras nos acompañaba hasta dicho punto, habló brevemente con Amaranta.
—Ya la esperaba a usted —le dijo—. Las dos señoras Marquesas tienen preparado su viaje para mañana, en la fragata inglesa Eleusis. Piensan establecerse en Lisboa.
—Su objeto es alejarse de mí —repuso Amaranta—. Felizmente he tenido aviso oportuno, y me parece que llego a tiempo.
—Tan callado tenían el viaje, que yo mismo no lo he sabido hasta esta tarde, por el capitán de la fragata. ¿Piensa usted partir también con ellas?
—Partiré si no puedo detenerlas.
Al decir esto, la Condesa, sin perder tiempo en contestar a los cumplidos y finezas del oficial, tomó mi brazo, y obligándome a tomar paso algo vivo, me dijo: