—Gabriel, no nos detengamos. ¡Cuán inquieta estoy!... Ya te lo contaré todo después. Figúrate que después que me hacen vivir como en destierro, separada de lo que más amo en el mundo... ¿qué te parece? Dios mío, ¿qué he hecho yo para merecer tal castigo?... Pues sí... Después que me obligan a vivir allá... Te diré... hasta se han empeñado en hacerme pasar por afrancesada... Y todo ¿por qué? dirás tú... Pues nada más sino porque... andemos más a prisa... porque me opongo a que la hagan desventurada para siempre... Mi tía no tiene sensibilidad, y nuestra parienta la de Rumblar tiene un rollo de pergaminos en el sitio donde los demás llevamos el corazón. Además, con los vidrios verdes de sus espejuelos no ve más que dinero... Gabriel, etiqueta y soberbia en un lado; soberbia y avaricia en otro... No puedes figurarte cuán apenadas y tristes están las tres pobres muchachas... Y ahora quieren llevárselas a Lisboa... ¿qué dices tú a eso?... Todo por alejar a Inés... ¡Con cuánto secreto han preparado el viaje!... ¡Con qué habilidad me confinaron en el Puerto, haciendo llegar a los individuos de la Junta falsas noticias acerca de mí! Por fortuna, soy amiga del embajador inglés Wellesley... que si no... Pues si mi tía y yo nos disputamos ardientemente el dirigir a la pobre Inés hacia su mejor destino... ella va por una senda, yo por otra... lo que yo quiero es más razonable; y si no, dime tu parecer... Pero ya hablaremos mañana. ¿Te quedarás en la Isla o vendrás a Cádiz? Espero que nos veremos, Gabrielillo. ¿Te acuerdas cuando eras mi paje en el Escorial, y yo te contaba aquellas historias?

—Esos y otros recuerdos de aquel tiempo, señora —le respondí— son los más dulces de mi vida.

—¿Te acuerdas cuando te me presentaste en Córdoba? —prosiguió riendo—. Entonces estabas algo tonto. ¿Te acuerdas de cuando en Madrid fuiste a casa con el Padre Salmón?... ¿Te acuerdas de cuando te encontré en el Pardo vestido de Duque de Arión?... Después me he acordado mucho de ti, y he dicho: «¡Dónde estará aquel desgraciado!...» Creo que Dios te ha cogido por la mano para ponerte delante de mí. Ya llegamos.

Nos detuvimos junto a una casa de la calle de la Verónica.

—Llama —me dijo la Condesa—. Esta es la casa de una amiga mía de toda confianza.

—¿Vive aquí la señora Marquesa? —pregunté, tirando de la campanilla de la reja—. Esta casa no me es desconocida.

—Aquí vive Doña Flora de Cisniega: ¿la conoces? Entremos. Se ven luces en la sala. Aún están en la tertulia; es temprano. Ahí estarán Quintana, Gallego, Argüelles, Gallardo y otros muchos patriotas.

Subimos, y en un gabinete interior nos recibió el ama de la casa, en quien al punto reconocí una amistad antigua.

—¿Está aquí? —le preguntó con ansiedad la Condesa.

—Sí: aunque se embarcan mañana de secreto, han venido esta noche sin duda para que yo no sospeche su determinación. Pero a mí no se me engaña... ¿Va usted a la sala? Está muy animada la tertulia. ¡Ay! amiga mía, esta noche he ganado al monte una buena suma.