—No, no voy a la sala. Haga usted salir a Inés con cualquier pretexto.

—Está en coloquio tirado con el amable inglesito. Pero saldrá. Mandaré a Juana que la llame.

Después de dar la orden a su doncella, Doña Flora me observó atentamente, queriendo reconocerme.

—Sí, soy Gabriel, señora Doña Flora; soy Gabriel, el paje del Sr. D. Alonso Gutiérrez de Cisniega.

Doña Flora, no necesitando más, abalanzose a mí con todo el ímpetu de su sensible corazón.

—Gabrielillo, ¿es posible que seas tú? —exclamó con chillidos, estrechándome en sus brazos—. Estás hecho un hombre, un caballero... ¡Qué alto estás! ¡Cuánto me alegro de verte!... ya te he echado de menos... pero ¡qué buen mozo eres!... ¿Qué tal me encuentras?... Otro abrazo... ¡Ay!... ¿Por qué me dejaste?... ¡pobrecito niño!

Mientras era objeto de tan ardientes demostraciones de regocijo, sentí rumorcillo de faldas hacia el corredor que conducía a la pieza en donde estábamos.

FIN DE «GERONA»

Junio de 1874.