—En resumidas cuentas, José, tú has tenido un protector; una buena alma que te ha socorrido.
—Hay algo más, señorita; esto es un milagro.
—Ya no hay milagros; ha sido una persona, una persona—repuso Gloria.—Ahora has de decirme qué persona es esa que te ha hecho tan gran caridad.
El sacristán miró fijamente á Gloria, y su semblante expresaba contrariedad y pesadumbre.
—¿Pero estás lelo? Habla.
—No puedo.
—¿Por qué?
—Porque me lo han prohibido. Sentiré que usted se enfade; pero... yo no puedo decir lo que usted quiere que le diga.
Gloria meditó breve rato.
—Ya comprendo. Jesucristo ha dicho: «Tu mano izquierda...