—¿No te habló de ninguna otra persona?... Porque podía suceder... Recuerda bien: ¿no te dijo nada de...?

—¿De qué?

—¿No te dijo nada de... de mí?

Esforzábase la señorita en afectar completa naturalidad.

—Tengo todas sus palabras tan presentes como si las estuviera oyendo á todas horas, y nada, nada me dijo de usted.

Gloria se levantó.

—Aunque no lo necesitas—dijo,—yo traje esto para tí, y aquí te lo dejo.

—Aunque no lo necesito, lo tomo por ser de esas divinas manos, y con la condición de darlo á otros pobres más pobres que yo... ¡Ah! ¡Qué felíz soy, señorita mía! Si fuera malo me volvería bueno ahora. Trabajo sin cesar, y el Sr. D. Juan no se arrepentirá de haberme dado esta choza, porque se la estoy componiendo.

Gloria no miró las grandes obras de carpintería que traía entre manos Mundideo.