—Adiós—dijo.—Abrázame.
—¡Señorita Gloria, por Dios!—exclamó Mundideo retrocediendo.
—¿No te abrazó el del vapor?
Y antes que Caifás pudiese impedirlo, Gloria le estrechó entre sus brazos.
—Ahora tienes que ser hombre de bien—gritó alejándose á buen paso de la choza.
Andando hacia su casa, no vió las vacas que al pasar la miraban, ni el verde maizal, ni los cinco castaños mutilados y generosos que se cargaban de fruto en su vejéz, como los patriarcas bíblicos cargados de hijos; ni vió la torre de Ficóbriga, ni los pájaros que volvían del horizonte en vagabundo grupo. No vió nada más que un sol poderoso que había salido há tiempo en su alma, y que subiendo por la inmensa bóveda de ésta, había llegado ya al zénit y la inundaba de esplendorosa luz.
XXVI
El ángel rebelde.
Por las noches, después de la cena que recrea y enamora, se rezaba el rosario en el comedor, con la puerta del jardín abierta si el tiempo era bueno. Durante este acto piadoso, Morton salía fuera, pero permanecía sentado en el jardín con la cabeza descubierta.