Y no pudiendo permanecer en molesta quietud, arrojóse del lecho para ir tentando en el vacío y adivinando con su febril mano los objetos, envueltos en profunda obscuridad.
—¿Dónde estás, Señor y Dios mío?—dijo.
Al fin puso la mano sobre el Cristo de marfil que presidía en su cuarto.
—Señor—murmuró.—¿Es posible que consientas eso? ¿Para esto valía la pena de que expiraras en esa afrentosa cruz? ¿Se ha cumplido tu ley?
Después inclinó la cabeza sobre el pecho, exhalando un gemido, y puesta la mano ante los ojos, lloró al sentir la amargura del cáliz. No tenía más que dos caminos: resignarse ó rebelarse.
Las primeras luces de la mañana, entrando por las rendijas que en las maderas de la ventana había, resbalaron sobre el hermoso cuerpo medio vestido de la enamorada doncella. A un tiempo mismo afectáronla el frío y el pudor, y se acostó temblando. Durmióse al fin.
XXVII
Se va.
Una mañana D. Juan de Lantigua dijo á su hermano: